El silencio que dejó la partida de Cael fue más ensordecedor que cualquier grito. Elara permanecía tendida en el suelo, sintiendo que sus huesos estaban hechos de ceniza. El anillo de plata de Cael, que él le había entregado en el último segundo, estaba oculto bajo su palma, quemándole con su frío real mientras ella intentaba recuperar el aliento.
De pronto, el repique de las campanas del templo anunció la llegada de la Gran Matriarca. No hubo llamadas, ni avisos. La puerta se abrió de par en par y la figura imponente de la anciana, vestida con túnicas de un blanco tan puro que hería los ojos, entró en la estancia. Tras ella, dos guardias permanecían como estatuas de sal.
—Elara —la voz de la Matriarca era como el crujir del hielo—. El Capitán Valerius me ha informado de ruidos extraños y de una debilidad en el flujo de la Bruma que emana de tus aposentos.
La anciana se acercó al pedestal donde, habitualmente, debería haber reposado la Lágrima del Alba. El pedestal estaba vacío, envuelto solo en sombras. El corazón de Elara dio un vuelco. Si la Matriarca veía el vacío, la ejecución por alta traición sería inmediata, sin juicio ni clemencia.
—Muéstrame la reliquia —ordenó la Matriarca, volviéndose hacia ella con ojos que parecían leer cada uno de sus pecados—. Debemos bendecir las cosechas antes de que el sol alcance el cenit.
Elara se obligó a ponerse en pie. Cada músculo gritaba de dolor; sentía una náusea profunda, el síntoma claro de que su cuerpo estaba rechazando la falta de magia. Se apoyó en la mesa, dejando que el sudor frío le corriera por la nuca.
—Madre... la luz es demasiado fuerte hoy —susurró Elara, tratando de ganar tiempo.
—La reliquia, Elara. Ahora.
Elara cerró los ojos. Buscó en el fondo de su ser, rascando las paredes de su alma en busca de cualquier rastro de energía que no le hubiera entregado a Cael. Encontró un resto, una chispa pequeña y dolorosa, como una brasa en una habitación vacía. La tomó y la expandió con pura fuerza de voluntad.
No es magia, pensó desesperada, es una mentira.
Proyectó la imagen de la Lágrima sobre el pedestal. Sus manos temblaban tanto que la ilusión parpadeaba. Tuvo que concentrarse en el recuerdo del peso del cristal, en su brillo azulado, en el modo en que el aire vibraba a su alrededor.
La Matriarca se acercó a la ilusión. Estiró una mano, a centímetros de la luz falsa. Elara dejó de respirar. Si la anciana la tocaba, sus dedos atravesarían el aire y todo terminaría. El esfuerzo de mantener la imagen estaba matando a Elara por dentro; sintió un hilo de sangre bajar por su nariz, un signo de que estaba forzando su cerebro más allá del límite humano.
—Parece... diferente —murmuró la Matriarca, entrecerrando los ojos—. Su pulso es errático.
—Es el reflejo de las Brumas externas, Madre —logró decir Elara con una voz firme que ocultaba su agonía—. El Valle está inquieto por los rumores de guerra. La reliquia solo refleja nuestro miedo.
La anciana guardó silencio durante lo que parecieron siglos. Finalmente, retiró la mano. —Vigílala bien, Elara. Si la reliquia pierde su luz, tú perderás tu lugar en este mundo. Y recuerda: Valerius no es un hombre propenso a las alucinaciones. Si él cree que hay un lobo en el redil, es porque ha olido la sangre.
Cuando la Matriarca salió y la puerta se cerró, la ilusión se desvaneció al instante. Elara cayó de rodillas, tosiendo, mientras las manchas de sangre manchaban las baldosas blancas. Estaba exhausta, enferma y sola. Pero lo había logrado. Cael tenía el tiempo que necesitaba.