Elara no recordaba cómo había subido las escaleras de caracol de la Torre de los Lamentos. Sus piernas eran de plomo y cada escalón le arrancaba un suspiro de dolor que intentaba paliar con el dorso de la mano. La sangre de su nariz se había secado, dejando una costra amarga, pero el frío en sus venas seguía allí, recordándole que ya no era la Custodia radiante de antes, sino una cáscara que mantenía un secreto capaz de incendiar el mundo.
Cuando llegó a la cima, el viento la golpeó con fuerza. Desde allí, el Valle de las Brumas Doradas se extendía como un mar de luz, pero sus ojos no buscaron la belleza, sino la cicatriz: el Río de Plata.
En el horizonte, donde la luz del Valle chocaba con la penumbra de las tierras del Norte, una columna de humo negro ascendía hacia el cielo. No era el humo blanco de una hoguera doméstica; era el humo denso, aceitoso y oscuro de un incendio provocado, de la brea ardiendo y el acero chocando.
—Cael… —susurró ella, apretando el anillo contra su pecho hasta que el metal le dejó una marca en la palma.
El humo indicaba que el cruce no había sido silencioso. Valerius no había mentido: le estaban esperando. Elara se imaginó a Cael, débil y herido, enfrentándose a la patrulla fronteriza mientras sostenía el frasco con su vida dentro. Cada segundo que pasaba sin que el humo se disipara era un martirio. ¿Estaría él tendido en el barro, con la esencia de Elara derramada sobre la tierra yerma? ¿O habría logrado romper el cerco?
Pasaron las horas. El sol comenzó su descenso y las sombras de la torre se alargaron como dedos acusadores. Elara no se movió. Sus labios estaban agrietados y el hambre era una molestia lejana frente a la náusea de la duda.
De repente, un destello. En el punto exacto donde el humo nacía, una pequeña luz plateada —un rastro de su propia esencia— brilló durante un segundo antes de desaparecer en la espesura del Norte. Fue un pulso, un latido que solo ella podía sentir.
Él había cruzado.
Con un sollozo de alivio que le dolió en los pulmones, Elara se dio la vuelta para bajar, pero algo atrapó su mirada en la barandilla de piedra de la torre. Atrapada entre una grieta de la roca, agitándose furiosamente por el viento, había una pluma.
No era una pluma de las aves blancas del Valle. Era una pluma larga, de un gris metálico con motas oscuras. Una pluma de halcón del Norte.
Elara la tomó con dedos temblorosos. Estaba manchada con una pequeña gota de sangre, ya seca. No necesitaba una carta ni un mensajero. Esa pluma era un grito silencioso, una señal de que el halcón herido había volado de regreso a sus montañas de hielo, pero que había dejado una parte de sus alas con ella.
Se llevó la pluma a los labios, aspirando el aroma a pino y a tormenta que aún desprendía.
—Vuelve —le pidió al viento—. No importa cuánto tiempo pase, no dejes que el frío te haga olvidar el calor de esta habitación.