Elara bajó de la torre con la pluma de halcón oculta bajo su manga, sintiendo que el raquis de la pluma le pinchaba la muñeca como un recordatorio constante de su traición. Al llegar a sus aposentos, el cansancio la venció. Se desplomó en su cama, dejando que la oscuridad la envolviera por unas horas, soñando con ojos grises y manos manchadas de carbón.
Se despertó con el sonido de algo siendo sacudido. Sara, su doncella desde que eran niñas, estaba junto al ventanal. Era una joven de ojos vivaces y manos rápidas, la única persona que se atrevía a bromear con la Custodia.
—Había una suciedad horrible en el balcón, Elara —dijo Lyra, dándose la vuelta con una expresión extraña—. Y encontré esto enganchado en el tapiz del vestidor.
En su mano, Lyra sostenía no la pluma, sino algo peor: un trozo de lino oscuro, manchado de sangre seca y con el patrón de tejido típico de las Tierras Prohibidas. Cael debía haberlo perdido en su huida o durante su escondite en el vestidor.
Elara sintió que el mundo se detenía. Sus manos, aún débiles por el sacrificio, buscaron instintivamente el anillo oculto.
—Es solo un trapo viejo, Sara. Tíralo —dijo Elara, tratando de que su voz sonara como el mármol: fría e inalcanzable.
Sara se acercó a la cama, bajando la voz. Su preocupación era puramente humana, libre de política. —No es un trapo viejo. He visto este tejido en los mapas de comercio. Es del Norte. Y tú... tú estás pálida, Elara. Tienes ojeras, apenas comes y ayer te vi limpiar sangre de tu nariz. ¿Qué está pasando? ¿Ese hombre del río... estuvo aquí?
Elara miró a Sara. Por un segundo, el impulso de abrazarla y llorar en su hombro fue casi insoportable. Quería contarle sobre el calor de Cael, sobre el sacrificio de su esencia, sobre el miedo que sentía cada vez que escuchaba las botas de Valerius. Pero la humanidad del momento fue aplastada por la lógica de la supervivencia.
Si Sara sabe la verdad, es cómplice. Si es cómplice, la matarán conmigo.
—¿Cómo te atreves? —Elara se levantó de la cama con una rectitud que no sabía que poseía. Su voz salió cortante, desprovista de la calidez que Sara conocía—. ¿Estás acusando a la Custodia de las Brumas de albergar a un enemigo?
Sara retrocedió, parpadeando asustada. —No, yo... solo estoy preocupada por ti, somos amigas desde...
—No somos amigas, Sara. Soy tu señora y la representante de la divinidad en este Valle —Elara dio un paso hacia ella, con los ojos encendidos por una falsa furia—. Ese trapo debe haber volado con el viento o ser un resto de alguna patrulla. Si vuelves a mencionar sospechas tan absurdas, no solo perderás tu puesto, sino que te entregaré personalmente a Valerius para que te interrogue por calumnias.
Sara palideció. La herida en sus ojos fue más profunda que cualquier corte de espada. Sin decir una palabra, dejó el trozo de lino sobre la mesa, hizo una reverencia temblorosa y salió de la habitación con la cabeza baja.
Elara se quedó sola. El silencio se sintió como una losa de cemento. Se dejó caer al suelo y recogió el trozo de lino, apretándolo contra su rostro. Acababa de matar a la única persona que la veía como un ser humano para poder seguir siendo una figura de poder.
—Lo siento —susurró al vacío—. Lo siento tanto.
En ese momento, comprendió que no solo trataba de encontrar a Cael, sino de perderse a sí misma para salvarlo a él.