Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 14: El Vacío bajo la Piel

El aire del bosque, en los límites donde la Bruma Dorada se desvanece para dar paso a la tierra salvaje, era demasiado pesado para los pulmones de Elara. Caminaba al lado del Capitán Valerius, rodeada por el tintineo metálico de la guardia personal de este. Cada paso sobre las raíces retorcidas le exigía una voluntad que ya no poseía.

—Parecéis distraída, Elara —comentó Valerius. No la miraba a ella, sino al horizonte, con las manos entrelazadas a la espalda—. O quizá es que el aire de la realidad no le sienta bien a quien vive rodeada de incienso y plegarias.

—Solo... estoy evaluando los daños en la frontera, Capitán —mintió ella, aunque su voz sonó débil, como el roce de dos hojas secas.

De pronto, el mundo empezó a inclinarse. El verde de los árboles se tiñó de un gris ceniza y un pitido agudo le llenó los oídos. La "enfermedad" no avisaba; simplemente reclamaba el espacio donde antes habitaba la luz. Elara intentó sujetarse de un tronco, pero sus dedos no obedecieron.

Sus rodillas golpearon el suelo húmedo. El impacto dolió, un dolor sordo y puramente físico que la hizo jadear.

—¡Elara! —el grito de los guardias fue lejano, pero la mano que la sujetó por el brazo fue inmediata y firme.

Valerius la levantó antes de que cayera de bruces. El contacto fue como una descarga eléctrica, pero no de la clase que sentía con Cael. Fue una invasión. El capitán, que poseía una sensibilidad entrenada para detectar la magia el "hilo vital", frunció el ceño. Al tocar la piel de la muñeca de Elara, su expresión de sospecha se transformó en algo mucho más inquietante: una fascinación fría.

—Vuestras venas... —murmuró Valerius, ignorando a los guardias que se acercaban—. No vibran.

Él presionó sus dedos contra el pulso de ella. No buscaba los latidos del corazón, buscaba el zumbido de la magia del Valle. Pero no encontró nada. Solo el calor de la sangre humana y el temblor de un cuerpo exhausto.

—Estáis vacía —dijo él, y sus ojos se clavaron en los de Elara con una curiosidad científica, casi obscena—. Habéis entregado vuestro núcleo. No se ha desvanecido por enfermedad, Elara. Ha sido drenado. Voluntariamente.

Elara intentó soltarse, pero Valerius la mantuvo sujeta con una fuerza que le dejó marcas rojas en la piel. Sus rostros estaban a centímetros.

—¿A quién se lo habéis dado? —susurró él, tan bajo que solo ella pudo oírlo—. ¿Qué precio ha pagado ese príncipe del Norte para que vos decidáis convertiros en una simple mortal? Es fascinante... ver cómo la divinidad se pudre por un poco de carne y hueso.

—No sé... de qué habla —logró articular ella, mientras una lágrima de pura impotencia rodaba por su mejilla.

Valerius sonrió, pero no fue una sonrisa de victoria, sino la de un hombre que acaba de encontrar la pieza que le faltaba a un rompecabezas. —Oh, lo sabéis. Y ahora yo también. No os voy a delatar, no todavía. Es mucho más interesante ver cuánto tiempo puede sobrevivir una Custodia sin alma en un nido de víboras.

El capitán hizo una señal a sus hombres. —Llevadla de vuelta al palacio. La Custodia ha sido "abrumada" por las energías de la frontera. Que nadie la toque. Que nadie la examine. Yo mismo me encargaré de su seguridad.

Elara fue subida a una litera, sintiéndose como un animal enjaulado. Valerius no la había entregado, pero lo que había hecho era peor: ahora era el dueño de su secreto y de su fragilidad.




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