Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 15: El Rostro en la Corteza

Los aposentos de Elara se habían convertido en una jaula de seda. Valerius había puesto guardias en la puerta "por su propia seguridad", y Sara, herida por el rechazo de Elara, apenas entraba para dejar las bandejas de comida en silencio. El aislamiento era total, y el vacío en el pecho de Elara —donde antes latía su magia— crecía como una herida que no cerraba.

Una tarde, mientras la lluvia golpeaba con fuerza contra el ventanal, un pequeño golpe en el cristal llamó su atención. No era un pájaro. Era un niño, uno de los huérfanos que solían limpiar las cenizas de las cocinas, encaramado peligrosamente a la cornisa exterior. Tenía el rostro tiznado y los ojos llenos de miedo.

Sin decir palabra, el niño deslizó un pequeño fardo envuelto en tela sucia por la rendija del ventanal y, con la agilidad de un gato, desapareció hacia las sombras de los jardines inferiores antes de que los guardias pudieran verlo.

Elara tomó el paquete con manos temblorosas. Al abrirlo, el aroma la golpeó antes que la imagen: pino, nieve y el olor metálico del carbón.

Era un trozo de corteza de abedul, blanca y fina como el pergamino pero mucho más resistente. En ella, con trazos rápidos y seguros, alguien había dibujado su rostro. No era la Elara majestuosa que aparecía en los frescos del templo; era la Elara que Cael había visto: con el cabello revuelto, los labios entreabiertos en un suspiro y esa mirada de vulnerabilidad y deseo que solo él había logrado arrancarle.

Le dio la vuelta a la corteza. En el reverso, escritas con el mismo carbón que él había usado para marcar su piel en el vestidor, había una sola palabra en el dialecto rudo y gutural del Norte:

"Resiste."

Elara apretó la corteza contra su pecho y cerró los ojos. Podía sentir la textura del carbón manchándole los dedos, el mismo carbón que Cael había usado para dibujarla mientras se ocultaba en las cuevas del río o descansaba en los bosques del Norte. Esa palabra, "Resiste", era un ancla. No era una promesa de rescate fácil, era un reconocimiento de que él sabía que ella estaba sufriendo, y que su dolor no era en vano.

De repente, la puerta se abrió. Elara escondió la corteza bajo su túnica justo a tiempo.

Era el Capitán Valerius. Entró sin anunciarse, con esa familiaridad invasiva que se había convertido en su marca personal. Se detuvo en medio de la habitación y olisqueó el aire.

—Huele a humo —dijo él, entrecerrando los ojos—. Un humo extraño. Como de madera quemada que no pertenece a nuestros hogares.

—He mandado encender la chimenea, Capitán —respondió Elara, manteniendo la mano sobre la corteza oculta. El contacto con el dibujo le daba una fuerza fría que antes no tenía—. El vacío de mis venas me hace sentir un frío que vuestras patrullas no pueden comprender.

Valerius se acercó a ella, estudiándola. —Vuestros ojos han cambiado, Elara. Ya no tienen ese brillo distante de la divinidad. Ahora tienen el brillo desesperado de los mortales. Me pregunto... ¿qué es lo que os mantiene en pie cuando ya no tenéis magia para sostener vuestros huesos?

—La voluntad, Capitán —dijo ella, sosteniéndole la mirada—. Algo que los hombres que solo obedecen órdenes que nunca entenderán.

Valerius soltó una carcajada seca y se dio la vuelta. —Disfrutad de vuestra voluntad. El Consejo se reunirá mañana para decidir vuestro destino. La Matriarca sospecha que vuestra "enfermedad" es contagiosa. Si no recuperáis vuestro brillo para el amanecer, os declararán impura.

Cuando él salió, Elara volvió a sacar el retrato. Miró su propio rostro dibujado por el hombre que amaba y, por primera vez en días, el azul mortecino de sus uñas pareció retroceder. No necesitaba magia. Tenía una razón.




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