El Salón del Juicio no era un lugar para la justicia, sino para la exhibición. Las paredes de mármol blanco reflejaban la luz de las antorchas con una frialdad que calaba hasta los huesos. En el centro, el Espejo de Agua aguardaba: una pileta circular de obsidiana negra llena de un líquido denso que, según la leyenda, solo brillaba ante la presencia de una esencia pura.
Elara caminaba hacia la pileta, escoltada por dos guardias cuya armadura chirriaba con cada paso. Se sentía como una autómata. El vacío en su pecho, donde antes residía su magia, era ahora una cavidad oscura y dolorosa. Cada vez que su corazón latía, recordaba el rostro de Cael y la luz plateada fluyendo de sus dedos hacia el frasco.
—Acércate, Elara —ordenó la Gran Matriarca desde su trono de marfil. Su mirada era como dos cuentas de vidrio, desprovistas de cualquier rastro de afecto—. El Valle está inquieto. La Bruma se retrae en las fronteras y el pueblo susurra que su Custodia ha perdido el favor de la luz. Si el Espejo no te reconoce, el veredicto será la impureza.
Elara llegó al borde de la obsidiana. Miró hacia abajo. Lo único que vio fue su propio rostro, pálido y demacrado, con ojeras profundas que hablaban de noches de fiebre y secretos. No había brillo. No había oro. Solo una mujer asustada.
Justo cuando iba a ser obligada a sumergir sus manos, un revuelo estalló al fondo del salón.
—¡Esperad! —El grito rompió el protocolo sagrado.
Sara irrumpió en el salón, zafándose del agarre de un guardia de la entrada. Su túnica de sirvienta estaba arrugada y sus ojos, hinchados de tanto llorar, estaban fijos en Elara con una intensidad desesperada.
—¡Fuera de aquí, muchacha! —rugió la Matriarca.
—¡No! —Sara corrió hasta el centro, cayendo de rodillas frente al estrado, justo al lado de Elara—. ¡El Espejo no brillará porque yo he robado su luz!
Elara se quedó petrificada. —Sara, ¿qué estás diciendo? Cállate —susurró, con el pánico subiéndole por la garganta.
—He sido yo —insistió Sara, alzando la voz para que todo el Consejo la oyera—. He estado practicando artes prohibidas de las Tierras Sombrías. He usado un amuleto de drenaje mientras la Custodia dormía. Quería su poder... quería ser yo quien hablara con las Brumas. Elara no es impura, es una víctima de mi codicia.
Un murmullo de horror recorrió a los sabios del Consejo. La traición de una doncella era un pecado humano, rastrero, pero comprensible para ellos. Era más fácil creer en la envidia de una sirvienta que en la caída de una divinidad.
El Capitán Valerius se levantó lentamente de su asiento. Su mirada saltó de la desesperación de Elara a la falsa confesión de Sara. Una sonrisa cruel curvó sus labios; él sabía la verdad, pero la mentira de Sara le resultaba exquisitamente útil.
—Si esto es cierto —dijo Valerius, su voz resonando en las bóvedas—, la ley es clara. El robo de esencia se castiga con el exilio inmediato a la Puerta de las Sombras. Sin retorno. Sin nombre.
Sara miró a Elara por última vez. En ese instante, todo el distanciamiento de los días anteriores desapareció. Sara le estaba entregando su vida, su seguridad y su futuro para proteger el secreto de Cael y la posición de Elara.
—Perdóname, mi señora —susurró Sara, con una pequeña sonrisa triste que solo Elara pudo ver—. Tenía que proteger lo que tú amas.
Los guardias agarraron a Sara por los brazos. Ella no luchó. Dejó que la arrastraran fuera del salón, mientras Elara permanecía inmóvil, con el alma rota. Había salvado su título, pero acababa de perder el último rastro de inocencia que le quedaba en el Valle.