El palacio estaba sumido en un silencio artificial. Tras el escándalo en el Salón del Juicio, las Brumas del Valle parecían haberse vuelto más espesas, como si el propio aire estuviera avergonzado. Elara no había vuelto a su habitación; no podía soportar el olor a sándalo y la ausencia de los pasos ligeros de Sara.
En lugar de eso, se envolvió en una capa de lana gris, ocultando su túnica blanca de Custodia, y descendió hacia las celdas de la zona baja del templo. El frío allí no era mágico, era el frío húmedo de la piedra que nunca ha visto el sol.
—Tengo permiso del Capitán para ver a la prisionera —mintió Elara, pero el guardia la reconoció y la dejó entradar, usando esa voz de mando que había aprendido a fingir. El guardia, confiando en Elara, se hizo a un lado sin pedir documentos.
Sara estaba sentada en un rincón de la celda, sobre un montón de paja sucia. Ya no llevaba sus ropas de doncella; le habían puesto una túnica de arpillera, el uniforme de los parias. Al ver a Elara, intentó ponerse en pie, pero sus rodillas fallaron.
—¡Elara! No deberías estar aquí —susurró Sara, pegándose a los barrotes—. Si Valerius te encuentra...
—Valerius ya me tiene donde quiere, Sara —respondió Elara, pasando sus dedos delgados por entre los hierros para tomar la mano de su amiga. Estaba helada—. ¿Por qué lo hiciste? Podríamos haber encontrado otra forma.
Sara sonrió, y fue una sonrisa que a Elara le rompió el alma: era la sonrisa de alguien que ya ha aceptado su destino. —No había otra forma. El Espejo no miente, Elara. Si hubieras metido las manos en el agua, habrían visto el vacío. Te habrían ejecutado. Y si tú mueres, la esperanza de que este Valle cambie muere contigo.
Sara apretó la mano de Elara con fuerza. —Si alguna vez vuelves a ver a ese príncipe del Norte... a Cael... —su voz tembló un segundo—, dile que lo hice por la felicidad de ambos. Dile que cuide de ti, porque yo ya no podré hacerlo.
Elara sintió un nudo en la garganta que apenas la dejaba respirar. Buscó en el interior de su capa y sacó el pequeño trozo de corteza de abedul: el retrato que Cael había dibujado de ella. Era lo único que tenía que le recordaba que era humana, que era amada.
—Llévatelo —dijo Elara, pasándole la corteza a través de los barrotes—. En el Norte, este dibujo significa algo. Cael me dijo que su gente respeta estas marcas. Si te encuentras con sus patrullas, enséñales esto. Diles que eres la guardiana de su secreto. Te protegerán.
Sara tomó el dibujo con reverencia, mirando el rostro de su amiga trazado en carbón. —Es hermoso —murmuró—. Él te ve como yo te veo. No como una santa, sino como una mujer que merece ser libre.
—Vete al Norte, Sara. Busca la frontera del Río de Plata. No te detengas por nada. —Elara se acercó más a los barrotes, pegando su frente a la de ella—. Te juro por la sangre que me queda que este no es el final. Iré a buscarte. Te traeré de vuelta a casa.
—Mi casa es donde tú estés, Elara —respondió Sara.
Unos pasos metálicos resonaron al final del pasillo. Elara se alejó de los barrotes, ocultando su rostro con la capucha. Se dio la vuelta y se perdió en las sombras del pasillo justo cuando los guardias llegaban para llevarse a Sara hacia la Puerta de las Sombras.
Esa noche, Elara se quedó en el balcón de su habitación, viendo una pequeña comitiva salir por las puertas traseras del palacio. Una sola figura pequeña, envuelta en una capa de lana basta, caminaba en medio de los soldados.
Elara apretó el anillo de Cael contra su pecho. Ya no tenía magia. Ya no tenía a su mejor amiga. Solo le quedaba una voluntad de hierro y un camino trazado con carbón y sacrificios.