La Elara que se miraba en el espejo de su alcoba esa noche ya no era la Custodia de las Brumas. Sus manos, que antes solo sostenían cálices de oro y pergaminos sagrados, ahora sostenían unas tijeras de costura pesadas. Con un movimiento decidido, cortó su larga cabellera dorada a la altura de la mandíbula. Los mechones cayeron al suelo como pétalos de una flor muerta.
Se vendó el pecho con tiras de lino para ocultar sus curvas y se puso una túnica de cuero crudo y pantalones de montar que había robado de la lavandería de los pajes. Se sentía extraña, más ligera, pero también más expuesta. La falta de magia la hacía sentir vulnerable, pero el anillo de Cael, ahora atado firmemente a su bota, le daba un propósito físico.
—Si no tengo luz —susurró a su reflejo—, aprenderé a caminar en la oscuridad.
Salió por el túnel de servicio que Sara le había enseñado años atrás. El aire nocturno en los barracones de la Guardia Real olía a sudor, aceite de armas y caballos. Era un mundo masculino, rudo y carente de la delicadeza del templo. Elara se bajó la capucha y caminó con la cabeza baja, imitando el paso rápido de un mensajero cansado.
Logró infiltrarse en el ala oeste, donde se encontraba el despacho privado del Capitán Valerius. El corazón le martilleaba contra las costillas; si la descubrían allí, disfrazada y sin escolta, no habría juicio que la salvara.
Se pegó a la pared cuando vio a dos guardias pasar de largo, riendo sobre alguna taberna del pueblo. Una vez que el pasillo quedó despejado, se deslizó dentro del despacho. El lugar estaba lleno de mapas. Mapas que no mostraban las rutas de peregrinación, sino las debilidades geográficas del Norte.
Sobre la mesa principal, bajo una lámpara de aceite, encontró lo que buscaba: una orden de movilización sellada con cera negra.
Elara leyó con horror. Valerius no solo planeaba una defensa; planeaba un ataque preventivo. Pero lo peor era el "arma" que mencionaba el documento: "La Cosecha del Vacío".
El plan de Valerius consistía en usar la inestabilidad de las Brumas —causada por el propio sacrificio de Elara— para canalizar una tormenta de energía oscura hacia las fronteras del Norte, arrasando con todo ser vivo, incluido el hermano de Cael, para que las tropas del Valle pudieran entrar sin resistencia.
—No es una guerra —jadeó Elara, con los ojos fijos en los diagramas—, es un genocidio.
—Es una estrategia, querida.
La voz de Valerius llegó desde las sombras del rincón más oscuro del despacho. Elara se dio la vuelta bruscamente, con la mano buscando instintivamente la daga que Cael le había dejado, pero el Capitán fue más rápido. En un parpadeo, Valerius estaba frente a ella, sujetándola por las muñecas y empujándola contra la mesa de los mapas.
La lámpara de aceite se volcó, derramando un charco de luz sobre el rostro de Elara.
—Vaya, vaya... —Valerius la recorrió con la mirada, deteniéndose en su cabello corto—. La paloma se ha cortado las alas. ¿Qué intentabas encontrar aquí, Elara? ¿Un motivo para odiarme más? ¿O un motivo para correr hacia tu príncipe?
—Sabes que esto destruirá el equilibrio del mundo —dijo ella, luchando por soltarse—. Si liberas la Cosecha del Vacío, las Brumas no se detendrán en el Norte. Se tragarán al Valle también.
Valerius se inclinó, su rostro a milímetros del de ella. Su aliento olía a vino amargo. —Prefiero reinar sobre un páramo de cenizas que ser el sirviente de una divinidad que se desangra por un extranjero.
En ese momento, Elara sintió algo. No era su magia dorada. Era una vibración fría que subía desde el suelo, una respuesta de las sombras del palacio a su desesperación y su furia. Por un instante, las sombras de la habitación parecieron alargarse y retorcerse como serpientes negras.
Valerius retrocedió, sorprendido por la repentina caída de la temperatura. Elara aprovechó ese segundo de duda.