Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 19: El salto al vacío

El estruendo del Río de Plata no era un sonido, era una vibración que Elara sentía en la médula de sus huesos. Estaba de pie en el borde del abismo, donde el mármol blanco del Valle se quebraba para dar paso a las rocas negras y afiladas del Norte. A sus espaldas, la civilización que la había adorado y encarcelado; frente a ella, un caos de espuma blanca y vapores gélidos.

El Capitán Valerius desmontó con una calma que erizaba la piel. Sus hombres formaron un semicírculo de acero, bloqueando cualquier ruta de escape terrestre. El capitán se ajustó el guante de cuero y miró hacia los restos del Gran Puente: las pesadas cadenas de hierro colgaban inútiles, balanceándose como péndulos de un reloj que se había detenido para siempre.

—Mírate, Elara —dijo Valerius, su voz cortando el aire como un látigo—. Tienes el cabello corto como una convicta y barro en las túnicas que una vez fueron sagradas. Has destruido la imagen de la Custodia por un hombre que, a estas horas, probablemente ya habrá olvidado tu nombre en el calor de una taberna nórdica.

Elara apretó los puños. Sus dedos, entumecidos por el frío, buscaron el contacto con el anillo de Cael que llevaba oculto. —Cael no me ha olvidado —respondió ella, y por primera vez su voz no tembló—. Porque él no ama a una "imagen". Ama a la mujer que hay debajo. Algo que tú, Valerius, nunca podrás poseer ni entender.

Valerius dio un paso adelante, su sombra proyectándose larga sobre la piedra. —El puente está roto, Elara. Si saltas, el río no solo te matará; te borrará. Sus aguas están cargadas de la magia residual que tu propio pueblo expulsa. Sin tu núcleo de energía, ese frío congelará tu sangre antes de que llegues a la otra orilla. Ven conmigo. Di que fuiste secuestrada. Todavía puedo salvarte de la hoguera.

Elara miró hacia el torrente plateado. Recordó a Sara, entregándose al exilio para ganar este momento. Recordó el dibujo de carbón y la palabra "Resiste". Si volvía con Valerius, la mentira ganaría. Si saltaba, al menos sería dueña de su final.

—Prefiero ser borrada por el río que escrita por tu mano, capitán.

Sin darle tiempo a reaccionar, Elara se dio la vuelta y se lanzó al vacío.

El grito de Valerius fue ahogado por el rugido del agua. El impacto no fue como entrar en un líquido; fue como chocar contra una pared de cristal. El frío le robó el aliento de golpe, una presión inmensa que pareció colapsar sus pulmones. La corriente la succionó hacia las profundidades, girándola violentamente. El agua del Río de Plata sabía a metal y a muerte.

Giró en la oscuridad plateada, golpeando rocas que le desgarraron la piel y la ropa. El frío era una agonía absoluta, una quemadura constante que le apagaba los sentidos. Sus extremidades empezaron a pesarle como si fueran de plomo.

“No puedo... no puedo más...”, pensó mientras se hundía.

Pero entonces, el anillo en su bota emitió un pulso de calor. Un tirón en el centro de su pecho, justo donde había entregado su esencia vital, se tensó como una cuerda de arco. A través de la distancia, sintió un eco: el latido de Cael, el brillo del frasco que él llevaba consigo. No estaba sola. Había un hilo de oro en medio de la plata.

Impulsada por una rabia puramente humana, Elara pateó con las últimas fuerzas que le quedaban. Sus dedos rozaron una raíz retorcida que colgaba de la orilla norte, una garra de madera que se negaba a soltar la tierra. Se aferró a ella con la desesperación de los náufragos.

Con un esfuerzo que le desgarró los músculos de los hombros, sacó la cabeza a la superficie. El aire del Norte entró en sus pulmones como cuchillas de hielo, pero era aire libre. Se arrastró fuera del lecho del río, cayendo sobre una orilla de lodo oscuro y nieve sucia.

Se quedó allí, tosiendo agua metálica, temblando de forma incontrolable. Al otro lado del desfiladero, vio las antorchas de Valerius. Pequeños puntos de luz que parpadeaban con impotencia. El puente estaba roto, y con él, el último camino de regreso.

Elara se puso en pie con dificultad. Se quitó la capucha empapada y miró hacia adelante. Frente a ella se alzaban los bosques negros del Norte, inmensos, salvajes y peligrosos. Dio su primer paso en la nieve.

Había sobrevivido al cruce. Pero la verdadera cacería acababa de empezar.




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