Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 20: La Senda de los Susurros

El frío del Norte no era como el frío del Valle; no era una ausencia de calor, sino una presencia física que te mordía la piel. Las ropas de Elara, empapadas por el agua mercurial del río, se habían vuelto rígidas y crujían con cada uno de sus movimientos. Sus pasos eran erráticos, dejando una estela de huellas profundas y desordenadas en la nieve virgen.

—Un paso más... solo uno más —susurraba, aunque ya no sentía sus propios pies.

El bosque de pinos negros parecía cerrarse sobre ella. Los árboles eran tan altos que ocultaban la luna, y el silencio solo era roto por el crujido de las ramas bajo el peso de la nieve. De repente, un olor la golpeó: no era el aroma a sándalo del templo, sino algo acre, animal y ahumado.

Elara se detuvo, apoyándose en un tronco. Frente a ella, entre la bruma gélida, surgió una figura. No era un soldado con armadura brillante, sino un hombre envuelto en capas de piel de oso y lobo, con una barba canosa y ojos tan afilados como las flechas que llevaba en el carcaj. Se movía sin hacer ruido, como si la nieve fuera parte de su propio cuerpo.

El hombre la observó durante un largo minuto. Su mirada se detuvo en sus manos pálidas y en el corte tosco de su cabello.

—Has cruzado el río —dijo el hombre. Su voz era profunda, una vibración que parecía nacer de la misma tierra—. Pocos lo hacen sin permiso. Menos aún lo hacen con esa túnica de seda oculta bajo el cuero.

—Soy... —Elara intentó usar su voz de mando, la que hacía que los sacerdotes se inclinaran—... soy la Custodia de las Brumas. Exijo refugio.

El cazador soltó una carcajada seca que terminó en una tos ronca. Se acercó a ella, y Elara pudo oler el cuero viejo y la sangre de caza.

—Aquí no hay Brumas, muchacha. Y a la nieve no le importa tu título —el hombre extendió una mano y, con un movimiento rápido, le tocó la mejilla con un dedo calloso—. Tu sangre "divina" se congela igual que la de un conejo. Si te quedas aquí fuera intentando dar órdenes al viento, mañana serás una estatua de hielo más en este bosque.

Elara sintió una punzada de rabia, la primera chispa de calor que sentía en horas. —No necesito tus lecciones. Necesito llegar a las montañas.

—Lo que necesitas es no morir —sentenció él—. Me llamo Joran. Mi cabaña está cerca. Puedes venir y aprender lo que es el hierro, o puedes quedarte aquí y ser una mártir del orgullo.

Sin esperar respuesta, Joran se dio la vuelta y empezó a caminar. Elara, viendo que sus rodillas estaban a punto de fallar, tragó su orgullo y lo siguió.

La cabaña era pequeña, oscura y asfixiante por el humo de un hogar de piedra. Joran no la ayudó a sentarse; simplemente arrojó una manta de piel de reno sobre sus hombros y le puso un cuenco de madera con un caldo espeso y amargo en las manos.

—Bebe. Es grasa de foca y raíces. Te devolverá el sentido —dijo él mientras afilaba un cuchillo de hueso—. En el Valle os enseñan que la magia lo es todo. Aquí arriba, la magia es un lujo de reyes. Los hombres vivimos de la voluntad. El hierro que llevas dentro es lo único que te mantendrá viva cuando el invierno de verdad golpee la puerta.

Elara bebió el caldo, sintiendo cómo el calor subía por su garganta como un incendio. Miró al cazador, dándose cuenta de que este hombre era el primer habitante del Norte que conocía que no era Cael.

—¿Por qué me ayudas? —preguntó ella.

Joran levantó la vista del cuchillo. Sus ojos eran del mismo color que el granito de las montañas. —Porque vi cómo mirabas el bosque. No tenías miedo de los lobos, tenías miedo de fallar. He visto a muchos "elegidos" morir con la mirada vacía. Tú tienes algo más. Una terquedad que huele a azufre.

Esa noche, bajo el techo de paja de la cabaña de Joran, Elara comprendió que para encontrar a Cael primero debía despojarse de la divinidad que la protegía. Si quería sobrevivir al Norte, tendría que aprender a ser de hierro.




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