El amanecer en el Norte no traía luz dorada, sino un gris metálico que se filtraba entre los pinos como un fantasma. Elara se despertó con el sonido del cuero crujiendo. Joran estaba de pie junto a la puerta, lanzándole un arco corto de madera de tejo y un carcaj con tres flechas de punta de piedra.
—Si quieres comer hoy, tendrás que ganártelo —dijo Joran sin preámbulos—. En este mundo, lo que no lucha, muere; y lo que no caza, se marchita.
Caminaron en silencio durante casi una hora. La nieve crujía bajo las botas de Elara, un sonido que le parecía escandalosamente fuerte en comparación con el paso fantasmal del cazador. Llegaron a un pequeño claro donde los arbustos de bayas de invierno aún conservaban algunas manchas de color. Joran se detuvo y señaló con el mentón.
A unos veinte metros, un ciervo de las nieves, con la cornamenta blanca como el hueso, rascaba el suelo buscando musgo.
—Tu cena —susurró Joran, retrocediendo para dejarle espacio—. Apunta al codillo, justo detrás de la pata delantera. Si fallas, pasaremos hambre los dos.
Elara sintió que el arco pesaba una tonelada. Sus manos, marcadas por las ampollas de la rama y el frío del río, temblaban. En el Valle, ella rezaba por las criaturas; nunca había imaginado el peso de la muerte en sus dedos. Colocó la flecha, tensó la cuerda y sintió la resistencia de la madera. El esfuerzo físico le hizo recordar lo vacía que estaba de magia: sus músculos gritaban, su respiración se empañaba frente a sus ojos.
—No pienses en el animal —le siseó Joran al oído—. Piensa en tu propia hambre. Piensa en el camino que te queda para encontrar a tu príncipe. Ese ciervo es el combustible que necesitas para no ser un cadáver más en la nieve.
Elara miró al ciervo. Era una criatura hermosa, ajena a las guerras de los hombres y a las ambiciones de los capitanes. Una lágrima de pura frustración y culpa rodó por su mejilla. Pero entonces, recordó la cara de Sara siendo arrastrada a las celdas. Recordó a Cael herido en el vestidor.
Si no soy fuerte, sus sacrificios no servirán de nada.
Cerró un ojo, contuvo el aliento y soltó la cuerda.
El sonido del impacto fue seco. La flecha se hundió donde debía. El ciervo dio un salto, corrió unos metros y se desplomó, tiñendo la nieve blanca de un rojo carmesí tan intenso que parecía herir la vista.
Elara dejó caer el arco y corrió hacia el animal. Cuando llegó, el ciervo aún exhalaba sus últimos alientos. Sus ojos grandes y oscuros reflejaban el cielo gris. Ella se arrodilló a su lado, colocando una mano sobre su cuello caliente.
—Lo siento... —susurró, sintiendo el último latido bajo su palma—. Gracias.
Joran llegó a su lado y le puso una mano pesada en el hombro. No era un gesto de consuelo, sino de reconocimiento.
—Bienvenida a la tierra de los hombres, Elara —dijo él, entregándole un cuchillo de desollar—. Ahora, la parte difícil. Aprenderás a no desperdiciar nada. En el Norte, la culpa es un veneno; el respeto es lo que nos mantiene cuerdos.
Mientras Elara trabajaba con las manos manchadas de sangre, comprendió que algo se había roto definitivamente dentro de ella. La Custodia sagrada había muerto en ese claro. La mujer que se levantó de la nieve tenía la mirada más dura, los hombros más rectos y un hambre que ya no era solo de comida, sino de justicia.