El aire del atardecer se volvió denso, cargado con el olor metálico de la nieve que precede a la tormenta. Joran y Elara terminaban de asegurar la carne del ciervo cuando un silbido agudo cortó el viento. No era un pájaro.
—¡Abajo! —gritó Joran, empujando a Elara contra el tronco de un pino milenario.
Una flecha de plumas blancas —el sello de la Guardia Real del Valle— se clavó en la madera, justo donde un segundo antes estaba la cabeza de Elara. Valerius no había enviado rastreadores comunes; había enviado a los Arqueros del Alba, tiradores de élite capaces de ver a través de la penumbra.
Joran sacó su hacha de mano y se movió con una agilidad sorprendente para su edad, pero el terreno estaba traicionero. Al intentar rodear un matorral para flanquear a los atacantes, una segunda flecha, disparada desde un ángulo bajo, encontró su objetivo. El proyectil atravesó el muslo de Joran, desgarrando el cuero de sus pantalones y la carne.
El viejo cazador cayó de rodillas, soltando un gruñido ahogado.
—¡Joran! —Elara corrió hacia él, ignorando el riesgo.
—¡Vete! —le gritó él, apretando los dientes mientras la sangre roja y espesa manchaba la nieve—. Corre hacia el norte... yo los detendré.
Pero Elara no era la misma mujer que había huido del palacio semanas atrás. Se arrodilló junto a él y, usando la fuerza que había ganado cazando, lo arrastró detrás de una formación rocosa mientras las flechas repicaban contra la piedra como granizo.
Los soldados, creyendo al cazador acabado, no se apresuraron. Sabían que el frío del Norte haría el resto del trabajo por ellos. Se mantuvieron a distancia, esperando a que la hemorragia o la congelación hicieran el trabajo sucio.
Elara miró la herida. Era profunda y la flecha tenía la punta barbada; si la extraía sin cuidado, Joran se desangraría en minutos. Sus manos temblaban, pero su mente se activó con una claridad que no sentía desde que perdió su esencia. Los años de estudio en la Gran Biblioteca del Templo, donde aprendió la anatomía de los seres vivos y las propiedades de las raíces, acudieron a ella.
—No voy a dejarte morir por mi culpa —dijo ella, su voz ahora era de acero frío.
Abrió su bolsa de suministros. No tenía ungüentos sagrados, pero tenía lo que el bosque le ofrecía. Buscó entre sus pertenencias y sacó una pequeña petaca de licor fuerte que Joran guardaba, y un puñado de líquen de roca y corteza de sauce que había recogido durante el camino, sabiendo que contenían la medicina de la tierra.
—Va a doler —le advirtió.
—Hazlo, muchacha —gruñó Joran, dándole un trozo de cuero para que mordiera.
Con una precisión quirúrgica, Elara usó su daga para ampliar la herida y extraer la punta barbada. Joran se arqueó, sus dedos hundiéndose en la nieve, pero no gritó. Elara trabajó rápido: lavó la herida con el licor, masticó la corteza de sauce para liberar la salicina que calmaría el dolor y aplicó el líquen, que en el templo llamaban "el sudor de la piedra", por sus propiedades para detener la infección.
Mientras vendaba la pierna con tiras de su propia túnica de seda, Elara se dio cuenta de algo: no necesitaba invocar a las Brumas para salvar una vida. Su conocimiento era su poder. Su ciencia era su nueva religión.
—Has salvado mi pierna... y probablemente mi vida —dijo Joran minutos después, con el rostro pálido pero la respiración estabilizada—. Tus manos no son de seda, Elara. Son de curandera.
—En el Valle curaba con luz —respondió ella, limpiándose la sangre de las uñas con nieve—. Aquí he tenido que aprender a curar con dolor.
La noche cayó del todo. Los soldados del Valle, temiendo una emboscada en la oscuridad del bosque prohibido, se retiraron a su campamento para esperar al amanecer. Elara se mantuvo en vela, sosteniendo el arco de Joran, vigilando al hombre que le había enseñado a sobrevivir. Por primera vez, el Norte no se sentía como un desierto hostil, sino como un paciente que ella estaba empezando a entender.