Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 23: El Mensajero del Humo

El humo ámbar ascendía en espirales perezosas hacia el cielo grisáceo, un contraste antinatural contra el blanco perpetuo de las montañas. Joran, apoyado contra la pared de la cueva, observaba a Elara con una mezcla de orgullo y preocupación. Sus manos aún olían a la resina que habían quemado.

—Si los míos lo ven, vendrán antes del mediodía —susurró Joran, cuya fiebre empezaba a remitir gracias a los cuidados de Elara—. Pero mantén el arco cerca. El humo no sabe de lealtades, solo de ojos que miran.

Dos horas después, el sonido de cascos rompió el silencio del valle nevado. Un pequeño grupo de jinetes emergió de entre los pinos. No vestían el blanco inmaculado del Templo, sino capas de viaje oscuras y capuchas que ocultaban sus rostros. No llevaban estandartes, lo que en el Norte solía significar que eran mensajeros o exploradores libres.

El líder del grupo, un hombre de hombros anchos y voz melódica, desmontó y se acercó al risco levantando las manos en señal de paz.

—¡Buscamos al Rastreador Joran! —gritó el hombre—. Traemos noticias del Príncipe. Se nos ha dicho que la Luz del Valle camina con él.

Elara sintió un vuelco en el corazón. Por un segundo, la esperanza casi nubla su juicio. Pero entonces, algo la detuvo. Se fijó en las cinchas de los caballos. Eran de cuero reforzado con hebillas de latón pulido, un detalle demasiado fino para los guerreros nórdicos, que preferían el hierro y el tendón. Eran hebillas del Valle, desgastadas a propósito para parecer viejas.

—Quédate atrás, Joran —susurró Elara, ocultándose tras una saliente de roca—. No son tus hombres.

—¿Cómo lo sabes? —preguntó él, tratando de alcanzar su cuchillo.

—Los caballos —respondió ella—. Están demasiado limpios para haber cruzado las Tierras Altas. Es una trampa de Valerius.

Elara se puso la capucha y salió al borde del risco, pero no como la Custodia, sino como la cazadora que Joran estaba esculpiendo. Sostenía el arco con la flecha muescada, apuntando directamente al pecho del líder.

—¿Quién os envía? —preguntó ella, su voz proyectándose con una autoridad gélida.

El hombre de abajo sonrió. Se bajó la capucha, revelando un rostro que Elara reconoció al instante: era el Teniente Samuel, el mano derecha de Valerius. Un hombre conocido por su capacidad de infiltración y su falta de escrúpulos.

—Vaya, Elara. Casi no te reconozco con ese aspecto de salvaje —dijo Samuel, su tono destilando un veneno cortés—. El Capitán Valerius está muy preocupado. Ha interceptado vuestras señales de humo. Me ha enviado para "escoltaros" de vuelta antes de que los bárbaros del Norte os encuentren y os hagan algo... irreversible. Entrégame al viejo y baja de ahí. No tienes que morir hoy.

—El Norte ya me ha encontrado, Samuel —respondió Elara, sin bajar el arco—. Y me gusta más su frío que vuestra falsa calidez. Si das un paso más, la primera flecha irá a tu garganta.

Samuel soltó una carcajada y dio una señal a sus hombres. Cuatro arqueros se desplegaron en abanico, apuntando hacia la cueva.

—Eres una mujer sin magia, Elara. Un juguete roto en medio de una tormenta. No puedes ganar este intercambio.

Pero Elara ya no confiaba en la magia. Confiaba en la ciencia que Joran le había enseñado sobre el entorno. Durante la mañana, bajo la dirección de Joran, Elara había acumulado grandes cantidades de nieve sobre un saliente inestable justo encima de la senda que los jinetes habían tomado.

—Tienes razón, Samuel. No tengo magia —dijo Elara, y una pequeña sonrisa, casi salvaje, apareció en su rostro—. Pero tengo el invierno.

En lugar de apuntar a Samuel, Elara giró su arco hacia arriba y disparó la flecha —punta de piedra y pesada— contra un bloque de hielo que servía de cuña en el saliente superior.

El impacto fue preciso. Un crujido sordo, como el de un gigante despertando, resonó en el desfiladero. Samuel miró hacia arriba demasiado tarde. Una masa de nieve, hielo y rocas se desprendió con un rugido ensordecedor, cayendo directamente sobre la senda de acceso.

La avalancha no los mató —Elara no buscaba eso todavía—, pero creó un muro infranqueable de escombros helados entre los soldados y la cueva, sepultando sus suministros y asustando a los caballos, que huyeron despavoridos hacia el bosque.

—¡Maldita seas! —se escuchó el grito de Samuel desde el otro lado del muro de nieve.

Elara se dio la vuelta, exhausta pero con la mirada encendida. —Joran, tenemos que irnos. El ruido atraerá a los verdaderos habitantes del Norte. Y esta vez, espero que sean los tuyos.

Joran la miró, asombrado. —Has usado la montaña como un arma... Nunca pensé que vería a una Custodia ensuciarse las manos con el aliento del invierno.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.