Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 24: El Reconocimiento de la Sangre

El silencio que siguió al estruendo de la avalancha fue antinatural. Elara, con los pulmones ardiendo y el cabello corto pegado a la frente por el sudor y la escarcha, ayudó a Joran a apoyarse contra un pino. La nieve a su alrededor comenzó a agitarse, pero no por el viento.

De las sombras de los árboles, como si fueran extensiones del propio bosque, surgieron figuras envueltas en pieles grises y blancas. No eran soldados del Valle; estos hombres no brillaban. Eran oscuros, olían a grasa de oso y metal frío. Sus rostros estaban pintados con ceniza negra, dándoles el aspecto de espectros hambrientos.

Eran los Lobos de Cael.

El líder de la patrulla se adelantó. Era un hombre de una envergadura impresionante, con una barba trenzada y una cicatriz que le recorría el cuello como una ejecución fallida. Sostenía una lanza pesada con la punta de obsidiana apuntando directamente a la garganta de Elara.

—Has causado mucho caos en nuestra frontera, sureña —dijo el hombre, su voz era un rugido bajo—. Joran, ¿qué haces con esta paria? Huele a incienso y a las mentiras del Templo.

—No es una paria, Emilio —gruñó Joran, aunque el dolor de su pierna le hacía flaquear—. Es...

—No necesito que nadie hable por mí —interrumpió Elara, dando un paso al frente. A pesar de su túnica rasgada y sus manos manchadas de la sangre del ciervo, mantuvo la espalda recta.

Emilio soltó una carcajada amarga y levantó la lanza. —En el Norte, las palabras bonitas no detienen el acero. Samuel y sus hombres están al otro lado de ese muro de nieve que has creado, y tú eres el trofeo que vienen a buscar. Si te entrego, quizás el Valle deje de presionar nuestras fronteras.

Justo cuando Emilio tensaba los músculos para avanzar, Elara metió la mano en su bota y extrajo el anillo. No lo mostró con timidez; lo alzó hacia el cielo gris, dejando que la poca luz del invierno golpeara el sello del halcón de plata.

—No soy un trofeo —sentenció ella—. Soy la razón por la que vuestro príncipe cruzó el Río de Plata.

Emilio se detuvo en seco. Los otros guerreros bajaron sus arcos, intercambiando miradas de incredulidad. El hombre de la lanza se acercó, estudiando el anillo con una intensidad casi religiosa. Reconoció las runas familiares, el desgaste del metal que solo el linaje real del Norte poseía.

Lentamente, Emilio clavó la punta de su lanza en la nieve y hincó una rodilla en el suelo. Los demás Lobos lo siguieron en un movimiento rítmico, un bosque de hombres arrodillados ante una mujer que no tenía corona, pero sí el corazón de su señor.

—No nos arrodillamos ante la Custodia del Valle —dijo Emilio, con la cabeza baja—. Nos arrodillamos ante la Mujer del Halcón. Si tienes ese anillo, Cael confía en ti más que en su propia vida.

—Llevadme con él —pidió Elara, sintiendo un alivio que casi la hace caer—. Llevadme al campamento de Cael.

Emilio levantó la vista, y lo que Elara vio en sus ojos no fue alegría, sino una compasión brutal.

—No hay campamento al que ir, mi señora —dijo Emilio con voz sombría—. El Rey de las Sombras, el padre de Cael, descubrió la traición antes de que el Príncipe pudiera cruzar las Tierras Altas. Fue emboscado por la Guardia de Ébano. Cael ha sido capturado.

Elara sintió como si el frío del río volviera a inundar sus venas. —¿Capturado? ¿Dónde está?

—En la Fortaleza de Hierro. Su propio padre lo ha encadenado bajo la acusación de alta traición por robar la esencia de una Custodia para "contaminar" la sangre del Norte —Emilio se puso en pie, mirando hacia las montañas—. El Rey planea ejecutarlo al inicio del solsticio para demostrar que ninguna influencia del Valle debilitará nuestro reino.

Elara apretó el anillo contra su pecho. El mundo que había imaginado —un reencuentro cálido en los brazos de Cael— se había evaporado. Ahora se encontraba en un reino extraño, con un guía herido y un ejército de sombras que esperaba que ella hiciera algo.

—El solsticio es en tres días —dijo Elara, sus ojos brillando con una determinación que asustó incluso a Emilio—. No habéis venido a escoltarme a un refugio. Habéis venido a buscar a alguien que os dé una razón para asaltar esa fortaleza.

Emilio sonrió, mostrando unos dientes amarillentos. —Parece que el Príncipe eligió bien. El hierro no solo está en su anillo, sino en tu mirada.




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