El campamento de los Lobos era un laberinto de túneles naturales y estructuras de madera reforzada, ocultas bajo el manto blanco de la montaña. El olor a grasa de oso, cuero viejo y humo de turba era tan denso que casi se podía masticar. Emilio guiaba a Elara a través de la zona de los barracones, donde los guerreros afilaban sus armas en un silencio sepulcral.
—Tenemos a muchos refugiados de la frontera —dijo Emilio, bajando la voz—. La mayoría son desertores del Norte, pero hace dos días mis patrullas recogieron a alguien que cruzó por la Puerta de las Sombras. Una mujer.
El corazón de Elara dio un vuelco. Se detuvo en seco, obligando a Emilio a parar. —¿Dónde está?
Emilio señaló una pequeña alcoba separada por una cortina de piel de reno. Sin esperar permiso, Elara apartó la piel con manos temblorosas.
Sentada junto a un pequeño brasero, envuelta en una manta de lana basta que le quedaba grande, estaba ella. Su rostro estaba marcado por el viento y el frío, y tenía una venda limpia cruzando su palma, pero sus ojos seguían siendo los mismos.
—¿Sara? —el nombre salió de los labios de Elara como un suspiro.
La joven levantó la cabeza. Al ver a Elara —con el cabello corto, vestida de cuero y manchada de sangre de caza—, sus ojos se llenaron de lágrimas. Se puso en pie tambaleándose y ambas se fundieron en un abrazo desesperado, un choque de dos mundos que se negaban a romperse.
—Sabía que vendrías, Elara —sollozó Sara contra su hombro—. Sabía que no te quedarías en el Templo.
—Me salvaste, Sara. Tu mentira en el juicio... no sé cómo podré pagártelo —Elara la apartó un poco para mirarla a la cara—. ¿Estás bien? ¿Te han hecho algo?
Sara asintió rápidamente, pero su expresión cambió. El alivio desapareció, siendo reemplazado por un miedo gélido que no tenía nada que ver con la temperatura del Norte. Miró por encima del hombro de Elara, asegurándose de que Emilio estuviera a una distancia prudencial.
—Elara, escúchame bien —susurró Sara, su voz apenas un hilo—. No tenemos mucho tiempo. Los hombres de Cael me rescataron, sí... pero durante el camino escuché cosas. Sombras que hablan con sombras.
—¿De qué hablas? Estás a salvo aquí.
—No —Sara le apretó las manos con una fuerza sorprendente—. Hay un traidor entre los rebeldes. Alguien en este campamento está enviando mensajes a través del Paso Negro. No son mensajes para el Rey del Norte... son mensajes para Samuel.
Elara sintió un escalofrío que no era producto del invierno. Samuel, el teniente de Valerius, todavía tenía ojos dentro de la resistencia. La infiltración del Valle en el Norte era más profunda de lo que Cael sospechaba.
—¿Sabes quién es? —preguntó Elara, endureciendo la mirada.
—No vi su rostro, solo una capa con el sello del consejo del Norte bordado en el interior —respondió Sara—. Pero ten cuidado. Saben que estás aquí. Saben que tienes el anillo. Y Samuel no vendrá solo; vendrá con una orden de ejecución para cualquiera que te dé cobijo.
Elara se puso en pie, sintiendo cómo la fuerza moral que le daba Sara se transformaba en una cautela letal. Ya no podía confiar solo en el anillo o en la lealtad de Emilio. El campamento que debía ser su base para rescatar a Cael era ahora un nido de víboras.
—Quédate aquí, Sara. No hables con nadie más que con Joran —ordenó Elara—. Yo me encargaré del mapa. Si hay un traidor, lo sacaremos a la luz antes de que Samuel ponga un pie en este valle.
Salió de la alcoba con la mandíbula apretada. Elara ya no era la Custodia que esperaba ser salvada. Ahora era una mujer que debía cazar a un traidor para salvar a un príncipe.