Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 26: El Juego del Cuervo

La cámara de piedra estaba sumida en una penumbra solo rota por el parpadeo de tres grandes antorchas. Elara, flanqueada por Emilio y un convaleciente Joran, observaba a los cinco capitanes de la resistencia que estaban reunidos frente a la mesa del mapa.

—Hemos encontrado una debilidad —mentia Elara, señalando con el dedo una zona del mapa alejada del río subterráneo: la Puerta de los Lamentos, el acceso más custodiado de la Fortaleza de Hierro—. El Rey de las Sombras cree que ese flanco es impenetrable, pero sus cimientos están cediendo. Atacaremos por ahí al amanecer del solsticio.

Los capitanes asintieron, sus rostros curtidos por el frío no revelaban nada. Emilio la miró de reojo, sabiendo que ese plan era un suicidio, pero mantuvo el silencio que habían acordado. Elara buscaba un gesto, una mirada furtiva, cualquier cosa que delatara al hombre que Sara había descrito.

—Mañana descansad —ordenó Elara—. Será nuestra última noche de paz.

Cuando la sala se vació, Elara no fue a dormir. Se envolvió en su capa de piel de lobo y se dirigió a las galerías superiores, donde los conductos de ventilación daban paso al exterior de la montaña. Allí, en una cornisa azotada por la ventisca, se encontraba el aviario de los rebeldes: un conjunto de jaulas de madera donde descansaban los cuervos negros, las únicas aves capaces de orientarse en las tormentas del Norte.

Se ocultó tras un fardo de heno, con el arco de Joran en el regazo. Pasaron las horas. El frío calaba hasta los huesos, pero ella usó la técnica de respiración que Joran le enseñó para mantener sus dedos ágiles.

Cerca de la medianoche, una figura se deslizó por la pasarela de madera.

Era una figura encapuchada, moviéndose con la confianza de quien conoce cada rincón del campamento. Elara contuvo el aliento. La figura se acercó a la jaula del cuervo más veloz, extrajo un pequeño canuto de cuero de su manga y lo ató a la pata del ave.

—Vuela hacia el sur —susurró la figura—. Dile a Samuel que la presa ha mordido el anzuelo. Atacarán por la Puerta de los Lamentos.

Elara se puso en pie, tensando la cuerda del arco en un movimiento fluido. —El problema de los anzuelos —dijo ella, su voz cortando el viento como una cuchilla— es que a veces el pez tira de vuelta.

La figura se dio la vuelta bruscamente, dejando caer la capucha. No era un capitán. Era Varek, el joven lugarteniente de Emilio, el mismo que le había servido sopa a Sara esa tarde. En su hombro, oculta bajo la piel, brillaba una pequeña insignia de plata con el sello del Consejo del Norte, pero con un detalle que solo Elara reconoció: el grabado de una balanza, el símbolo de los informantes del Valle.

—¡Elara! —Varek retrocedió, con la mano buscando su daga—. No entiendes lo que haces. Samuel no busca matarte, busca restaurar el orden. El Norte es un error, esta guerra es un error...

—Varek, suelta el ave —ordenó Elara, apuntando a su garganta—. ¡Ahora!

Varek, desesperado, lanzó el cuervo al aire. El ave batió las alas con fuerza, elevándose hacia el cielo nocturno. Elara no lo dudó. En un parpadeo, cambió de objetivo y disparó. La flecha silbó en la oscuridad y alcanzó al cuervo en pleno vuelo; el animal cayó como una piedra al abismo, llevándose consigo la información falsa.

Antes de que Varek pudiera reaccionar, Emilio y dos guardias salieron de la galería inferior. El líder de los Lobos tenía el rostro desencajado por la furia.

—Te crié como a un hijo, Varek —rugió Emilio, agarrándolo por el cuello—. Y nos estabas vendiendo como ganado.

—¡Samuel me prometió amnistía para mi familia! —gritó Varek mientras lo encadenaban—. ¡El Valle vendrá! ¡No podéis ganar contra el hierro y la luz!

Elara se acercó al traidor, mirándolo con una frialdad que la asustó incluso a ella misma. —Samuel ya no tiene su ventaja, Varek.

—Llevadlo a las celdas inferiores —ordenó Emilio—. Que el Rey de las Sombras sepa que sus espías ya no tienen lengua.

Cuando se quedaron solos, Emilio miró a Elara. El respeto en sus ojos era total. —Has salvado a la Manada, Elara. Pero Samuel está en alerta y que estamos activos. Debemos movernos ya.




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