Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 27: El Descenso al Corazón de Hierro

El silencio en el campamento tras la captura de Varek era tenso. Elara no perdió tiempo. Mientras Emilio organizaba a los hombres, ella regresó a la alcoba de Sara.

—Se acabó el tiempo de esconderse —dijo Elara, entregándole a Sara un puñal de hueso—. El mensaje no salió. Samuel está ciego en la frontera, pero el Rey de las Sombras sigue teniendo a Cael. Nos movemos ahora.

Emilio, Joran y un grupo de doce guerreros —los más silenciosos de la manada— esperaban en la entrada de un túnel natural que descendía hacia las raíces de la montaña.

—El río subterráneo está en su nivel más bajo antes del solsticio —explicó Joran, entregándole a Elara una túnica de cuero engrasado para repeler el agua—. Tendréis que nadar en tramos donde el techo de piedra apenas deja un palmo para respirar. Si entramos en pánico, el frío nos matará antes que los guardias.

El descenso fue a los infiernos de hielo. El agua les llegaba por la cintura, golpeando sus cuerpos con la fuerza de mil agujas. Elara encabezaba la marcha, sosteniendo una pequeña lámpara de aceite cuya llama temblaba con cada ráfaga de aire.

De repente, el túnel se ensanchó en una cámara inmensa, pero el suelo no era de piedra, sino de una rejilla de hierro antiguo. Debajo de ellos, a través de los huecos, se veía un resplandor anaranjado y se oía el martilleo incesante del metal.

—Estamos sobre las Forjas de Ébano —susurró Emilio, pegando el rostro a la rejilla—. Aquí es donde fabrican las armas que están desangrando al Valle. Si logramos colocar brea explosiva aquí abajo...

—No —lo cortó Elara—. Primero Cael. Si destruimos la forja ahora, sellarán los niveles superiores y nunca llegaremos a él.

Siguieron avanzando hasta que llegaron a una pared de roca que vibraba rítmicamente. Elara puso su mano sobre la piedra y cerró los ojos. Sintió un tirón en la boca del estómago, un eco de la Bruma que una vez habitó en ella. Era la Vena de Origen de la que hablaba Joran. La montaña estaba viva, y su pulso latía justo detrás de ese muro.

—Es aquí —dijo Elara—. Si toco el núcleo, las defensas mágicas de la fortaleza caerán por un momento. Las puertas de hierro se abrirán y vuestro ejército podrá entrar por el frente mientras nosotros sacamos a Cael de la celda.

Pero al mirar hacia el final del pasillo, vieron que el acceso no estaba desprotegido.




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