Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 28: El Sacrificio del Calor

La criatura, una masa de piel pálida y viscosa de casi cinco metros de largo, se deslizaba sobre las rocas húmedas con un siseo que recordaba al vapor escapando de una caldera. Sus ojos eran manchas blancas e inútiles, pero sus branquias externas vibraban, detectando el más mínimo rastro de calor corporal en el aire gélido de la cámara.

—Se guía por nuestro rastro térmico —susurró Elara, viendo cómo la bestia giraba la cabeza hacia el grupo—. Si intentamos luchar, nos detectará antes de que podamos acercarnos.

—¿Qué sugieres, Mujer del Halcón? —preguntó Emilio, con la mano en la empuñadura de su hacha—. Mi sangre hierve de ganas de cortarle el cuello.

—Ese es el problema. Tu sangre está caliente. La de todos —Elara miró el canal de agua que corría a sus pies, un flujo de deshielo que venía directamente del corazón del glaciar—. Tenemos que volvernos invisibles para ella. Tenemos que ser como el hielo.

Bajo sus órdenes, Emilio y sus doce guerreros se sumergieron en el canal. El impacto fue brutal; Elara vio cómo el rostro de Sara se volvía azulado en segundos y cómo los hombres de Emilio apretaban los dientes para no castañetearan. El agua casi congelada absorbió el calor de sus cuerpos, convirtiéndolos en hielo para esquivar los sentidos de la criatura.

—Quedaos bajo el nivel del agua, pegados a las rocas —ordenó Elara.

Ella no se sumergió. Tomó la antorcha de aceite, la encendió con un pedernal y respiró hondo. Ella sería el único faro en esa oscuridad.

—¡Eh! ¡Aquí estoy! —gritó Elara, golpeando la pared de piedra.

La bestia reaccionó instantáneamente. Sus branquias se dilataron al detectar la inmensa fuente de calor de la antorcha y el pulso acelerado de la mujer. Se lanzó hacia ella con una velocidad aterradora, sus garras de cuatro dedos desgarrando el suelo.

Elara corrió por la pasarela superior, guiando a la criatura hacia el extremo opuesto de la cámara. El animal la seguía como un depredador hipnotizado por una llama. Mientras tanto, en el agua, Emilio y los suyos avanzaban como espectros invisibles hacia la válvula de la Vena de Origen.

Elara llegó al final del camino: un callejón sin salida sobre un pozo de drenaje. La bestia estaba a solo tres metros, abriendo sus fauces llenas de dientes como agujas de cristal. Elara sintió el aliento fétido y caliente del monstruo.

Justo cuando la criatura se preparaba para saltar, Elara lanzó la antorcha con todas sus fuerzas hacia el pozo profundo detrás del animal. La bestia, instintivamente, se lanzó al vacío persiguiendo la mayor fuente de calor, desapareciendo en la oscuridad con un alarido sordo que terminó en un chapuzón distante.

Jadeando, Elara corrió hacia el panel de control donde Emilio ya estaba emergiendo del agua, temblando violentamente por la hipotermia.

—¡Hazlo ya! —gritó Emilio, cuyas pestañas estaban cubiertas de escarcha.

Elara puso sus manos sobre el cristal de la Vena. No intentó forzarlo; simplemente dejó que su propio vacío —el espacio donde antes estaba la Bruma— actuara como un sumidero para la energía de la montaña. Un zumbido profundo hizo vibrar sus dientes. De repente, el resplandor de la fortaleza que se filtraba por las grietas de arriba se apagó.

El silencio fue absoluto. El sistema de seguridad de la Fortaleza de Hierro había colapsado.

—Las puertas están abiertas —dijo Elara, ayudando a Sara a salir del agua—. El ejército de los Lobos estará entrando por el frente ahora mismo. Samuel sigue esperando en la nieve, pero nosotros estamos en el corazón de la bestia.




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