Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 29: El Pozo

La oscuridad en la zona de prisiones era absoluta, salvo por el débil resplandor de las setas fluorescentes que crecían entre las grietas de la piedra húmeda. El grupo avanzaba en un silencio tenso, guiados por el mapa que Elara llevaba grabado en su mente. Los gritos lejanos de la Guardia de Ébano, confundida por el apagón mágico, resonaban en los niveles superiores, pero aquí abajo, en las entrañas de la fortaleza, el aire se sentía pesado y estancado.

—Es aquí —susurró Elara, deteniéndose ante una puerta de hierro reforzada con runas que ahora estaban apagadas.

Con un esfuerzo conjunto, Emilio y sus hombres forzaron la cerradura. Al abrirse, la cámara reveló una figura encadenada en el centro, bañada por una luz cenital que no debería existir. Era Cael. Su cabello oscuro ocultaba su rostro, pero el anillo de plata en su mano brillaba con una intensidad sobrenatural.

—¡Cael! —Elara corrió hacia él, ignorando la advertencia instintiva que gritaba en su mente.

—¡Espera! —rugió Joran desde atrás, pero fue tarde.

En el momento en que Elara tocó el hombro de la Cael, su mano lo atravesó como si fuera humo. La imagen de Cael se distorsionó, revelando una ilusión del mismo cubierto con una capa vieja. El brillo del anillo no era más que un fragmento de cristal encantado para reflejar la poca luz de la sala.

—Es una ilusión... —murmuró Elara, retrocediendo con horror.

De repente, un sonido metálico chirrió sobre sus cabezas. Las rejillas de ventilación de la celda se abrieron y un gas de color verde amarillento empezó a filtrarse con un siseo sordo. El olor a almendras amargas y azufre llenó la estancia.

—¡Venenos del Rey! —gritó Emilio, cubriéndose la boca con el brazo—. ¡Elara, tenemos que salir de aquí o moriremos en minutos!

Pero justo en ese instante, una voz profunda y gélida resonó a través de las paredes de piedra, una voz que no venía de ninguna dirección pero que parecía estar en todas partes. Era el Rey de las Sombras.

Buscabas un príncipe, Custodia, pero solo has encontrado el precio de tu arrogancia. Mi hijo está en la Torre del Suspiro, viendo cómo tus "Lobos" mueren en mi puerta principal. Si te quedas, quizás logres ver su ejecución desde de tu propia tumba.

Elara miró a sus hombres. Sara estaba tosiendo violentamente, cayendo de rodillas. Emilio intentaba desesperadamente forzar la puerta por la que habían entrado, pero se había sellado con un mecanismo hidráulico independiente de la magia.

—¡La trampilla de drenaje! —gritó Elara, señalando un pequeño conducto en el suelo—. ¡Si la abrís, el gas se disipará hacia los niveles inferiores!

—Pero si bajamos por ahí, nos alejaremos de la Torre del Suspiro —respondió Emilio entre espasmos de tos—. Cael morirá antes de que lleguemos.

Elara se encontraba ante una decisión imposible. Si se quedaba a buscar un mecanismo secreto para subir directamente a la torre, sus amigos morirían asfixiados por el gas tóxico en cuestión de segundos. Si ayudaba a abrir la trampilla y bajaba con ellos para salvar sus vidas, el tiempo para rescatar a Cael se agotaría.

—¡Salvad a los hombres! —gritó Elara a Emilio—. ¡Yo buscaré el acceso!

—¡No sobrevivirás al gas! —replicó Sara, agarrándole la túnica.

Elara se arrancó un trozo de su ropa, lo empapó en el agua helada que aún goteaba de su piel y se lo ató alrededor de la cara. Sus ojos, llenos de ferocidad, se clavaron en la pared donde la ilusión de Cael se había desvanecido. Había notado algo: una corriente de aire fresco que movía el humo justo detrás de las cadenas falsas.




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