Elara emergió del pasadizo secreto con los pulmones ardiendo y la visión nublada por los restos del gas tóxico. Se encontraba en la antecámara de la Torre del Suspiro, el punto más alto de la fortaleza. Aquí, el aire ya no olía a azufre, sino a sándalo y a la cera de abejas de las velas.
Empujó las puertas dobles de madera de roble, esperando encontrar guardias, torturadores o a un hombre destrozado. Lo que vio la detuvo en seco, más eficazmente que cualquier cadena.
La sala era amplia, con ventanales que ofrecían una vista aterradora del campo de batalla, donde los Lobos de Emilio luchaban contra la Guardia de Ébano. En el centro, sobre una alfombra de piel de oso blanco, había una mesa servida con vino y pan.
Sentado a la cabecera estaba el Rey de las Sombras, un hombre cuya presencia era como un eclipse: frío, inmenso y absoluto. Pero frente a él, sosteniendo una copa de plata y vistiendo una túnica de seda gris que ocultaba sus heridas, estaba Cael.
No había cadenas. No había golpes. Solo una conversación en voz baja que se detuvo cuando Elara entró.
—Llegas tarde, Elara —dijo Cael. Su voz no era la del hombre que había saltado por un balcón para salvarla; era la voz de un príncipe que ha recordado su linaje. No se levantó para recibirla.
—¿Cael? —susurró Elara, su mano apretando el puñal que Joran le había dado—. Los hombres de Emilio están muriendo ahí abajo por ti. Sara casi muere asfixiada por el gas de tu padre... y tú estás... ¿bebiendo con él?
El Rey de las Sombras soltó una risa seca, como el crujir de la madera vieja. —Mi hijo es un pragmático, Custodia. Entendió que su "rebelión" solo traería la aniquilación del Norte. El Valle no busca una guerra, busca un objeto: a ti.
Cael dejó la copa sobre la mesa y finalmente la miró. Sus ojos, antes llenos de calidez, parecían ahora dos trozos de pedernal. —He llegado a un acuerdo con mi padre, Elara. El Norte mantendrá su soberanía y el Templo retirará a los Arqueros del Alba de nuestras fronteras. A cambio, entregaremos la "fuente del conflicto" a Samuel esta misma noche.
Elara sintió que el suelo desaparecía bajo sus pies. —Me estás entregando. Después de todo lo que pasamos... después de que me diste tu anillo...
—El anillo fue una herramienta para que llegaras hasta aquí —respondió Cael con frialdad—. Necesitaba que los Lobos te siguieran para limpiar a los traidores del campamento. Ahora que el nido está limpio y tú estás aquí, el trato está cerrado.
El Rey se puso en pie, su sombra alargándose sobre Elara. —Samuel está subiendo por el ascensor exterior. Tu sacrificio salvará a miles de mis súbditos, Elara. Deberías estar orgullosa. Es lo que una Custodia haría, ¿no es cierto?
Elara miró a Cael, buscando desesperadamente un destello de engaño, una señal, un parpadeo que indicara que esto era una actuación para engañar al Rey. Pero él solo apartó la mirada hacia la ventana, observando la nieve caer sobre los cadáveres de sus propios hombres.
—¿Es esto lo que eres? —preguntó Elara, su voz ahora era un hilo de acero—. ¿Un heredero que compra su corona con la sangre de los que te aman?
Cael no respondió.
En ese momento, el sonido de botas pesadas anunció la llegada de Samuel a la antecámara. Elara se dio cuenta de que estaba atrapada entre el hombre que la cazaba y el hombre por el que lo había arriesgado todo.