El sonido de las pesadas botas de Samuel resonaba en la antecámara, acercándose con la cadencia de una sentencia inevitable. Elara seguía de pie, paralizada por la mirada gélida de Cael. La traición era un veneno más efectivo que el gas de la celda; se sentía vacía, como si la nieve del exterior hubiera invadido sus huesos.
—Parece que tú "Mujer del Halcón" no tiene alas para volar de aquí —burló el Rey de las Sombras, haciendo una señal hacia la puerta.
Samuel entró en la sala. Su capa blanca del Templo estaba manchada de sangre nórdica y su rostro lucía una sonrisa de victoria absoluta. Al ver a Elara, sacó sus esposas de antimagia, diseñadas para anular cualquier rastro de luz.
—Se acabó el juego, Elara. Valerius te espera para tu juicio final —dijo Samuel, avanzando con paso firme.
—¡NO!
Un grito desgarrador rompió la tensión. Desde una de las puertas laterales de servicio, Sara irrumpió en la sala. Su rostro estaba pálido y sus ropas con el olor del gas, pero sus ojos ardían con una furia suicida. En sus manos sostenía un candelabro de hierro pesado.
Sin dudarlo, Sara se lanzó contra Samuel. No buscaba matarlo, buscaba tiempo. El impacto fue lo suficientemente fuerte como para desequilibrar al teniente, que soltó un grito de sorpresa mientras rodaba por el suelo.
—¡CORRE, ELARA! —gritó Sara, agarrando el brazo de Samuel para evitar que se pusiera en pie—. ¡SAL DE AQUÍ!
—¡Sara, no! —Elara intentó avanzar hacia ella, pero vio cómo los guardias del Rey de las Sombras se movían hacia su amiga.
—¡VETE! —Sara la miró por última vez, y en esa mirada Elara vio la misma lealtad que la joven le había mostrado en el juicio del Templo—. ¡Tú eres la única que puede contar la verdad! ¡Haz que todo esto valga la pena!
Samuel, recuperado, golpeó a Sara con el pomo de su espada, dejándola aturdida en el suelo, pero ya era tarde. Elara, espoleada por el sacrificio de su amiga, giró hacia el gran ventanal de la torre.
Miró a Cael. Él seguía inmóvil, con la copa en la mano, pero Elara notó un ligero temblor en sus dedos. No le dirigió ni una palabra más. Elara ya no buscaba una explicación. Con un movimiento desesperado, usó el puñal para golpear el cristal reforzado en el punto de tensión que Joran le había enseñado. El vidrio estalló en mil fragmentos brillantes.
—¡Detenedla! —rugió el Rey.
Elara se lanzó al vacío.
El frío la golpeó como un muro de acero. Mientras caía hacia los fardos de suministros y la nieve acumulada en los niveles inferiores, Elara vio por un segundo la silueta de Sara siendo arrastrada por los hombres de Samuel.
El impacto contra la nieve fue brutal, dejándola sin aliento, pero el cuerpo de Elara ya no pertenecía a la seda. Rodó por la ladera, hundiéndose en la oscuridad del bosque que rodeaba la fortaleza. Los gritos de la batalla seguían resonando, pero ella solo escuchaba los latidos de su propio corazón, rítmicos y oscuros.
Se puso en pie con dificultad, ocultándose entre los pinos. Miró hacia arriba, hacia la imponente Torre del Suspiro.
—Ya no vuelvo por ti, Cael —susurró, con la voz rota y los labios manchados de sangre—. Vuelvo por Sara. Y cuando lo haga, no quedará ni una piedra en pie de tu fortaleza.
Elara se internó en la tormenta, dejando atrás su pasado, su amor y su corona. La mujer que se perdió en la nieve esa noche no era una Custodia. Era un espectro de venganza.