Capítulo 32: El Pacto de los Renegados (La Vida Compartida)
Elara avanzaba a trompicones por el bosque, con el costado ardiendo por el golpe de la caída y la nieve cegándola. La adrenalina que la había sacado de la Fortaleza de Hierro se estaba agotando, dejando paso a un frío que amenazaba con apagar su conciencia. Se desplomó junto a un afloramiento de rocas, convencida de que los hombres de Samuel terminarían el trabajo que el Rey y su hijo habían empezado.
—No te muevas —una voz joven, cargada de una mezcla de autoridad y debilidad, surgió desde la vegetación.
El joven se veía demacrado, con una túnica de bibliotecario del Valle hecha jirones y el rostro cubierto de polvo de cristal. Pero lo que más llamó la atención de Elara no fue su ropa, sino la marca circular en su cuello: la señal de la Fiebre del Cristal, una enfermedad mortal de las minas de Aethel que consume los pulmones.
—¿Quién eres? —logró decir Elara, apuntándole con el puñal, aunque sus propias fuerzas fallaban.
—Me llamo Leo —el joven tosió, y un rastro de sangre brilló en sus labios—. Y si has caído de esa torre, probablemente estabas con mi hermano, Cael.
Elara se quedó helada. Recordó los susurros de Cael en las noches de guardia: “Tengo un hermano, Leo... es el único corazón puro de mi linaje, pero se consume en el sur mientras yo intento salvarlo”.
Leo intentó dar un paso hacia ella, pero sus piernas cedieron. La fiebre estaba en su fase final; sus ojos se pusieron en blanco y el calor que emanaba de su cuerpo derretía la nieve a su alrededor. Sin pensarlo, Elara se arrastró hacia él. El instinto de Custodia, el de proteger la vida por encima de su propio dolor, se impuso a su deseo de huir.
—No... no mueras aquí —susurró Elara.
Ella puso sus manos sobre el pecho de Leo. No tenía la Bruma del Templo, pero tenía el anillo de Cael y la conexión residual con la Vena de Origen de la montaña. Cerró los ojos y visualizó el frío del invierno entrando en los pulmones de Leo para calmar el fuego de la fiebre. El anillo en su dedo empezó a brillar con un azul eléctrico. Sintió cómo su propia energía vital fluía hacia el joven príncipe, un intercambio que la dejó exhausta, pero que detuvo el avance de la enfermedad por fin.
Minutos después, Leo abrió los ojos. La marca de su cuello había palidecido. Miró a Elara con una mezcla de asombro y devoción.
—Me has... me has curado —murmuró Leo, respirando hondo por primera vez en meses—. Los médicos del Templo decían que solo la magia pura de una Custodia de alto rango podía detener la fiebre.
—Cael decía que eras el único que valía la pena en su familia —respondió Elara, ayudándole a incorporarse—. Pero él me ha traicionado, Leo. Me ha vendido a Samuel. Mi amiga Sara está en sus celdas.
Leo apretó los puños, y por un momento, el parecido con Cael fue asombroso, aunque en Leo no había arrogancia, sino una resolución técnica y fría. —En el Valle, mientras me moría en las minas, descubrí que el Templo se está quedando sin energía. Necesitaban a una Custodia para estabilizar sus cristales. Cael lo sabía. Usó tu vida para comprar la paz del Norte y su propio trono.
Elara miró al joven que acababa de salvar. Tenía al hermano del traidor a su lado, unido a ella por un vínculo de sangre y magia.
—Cael cree que el juego ha terminado —dijo Elara, mirando hacia la Fortaleza de Hierro—. Pero ahora tengo a su hermano. Leo, si tú conoces los secretos del Valle y yo te he devuelto la vida... ¿estás dispuesto a usar esa vida para derribar a tu propia familia?
Leo miró hacia la torre donde su hermano y su padre brindaban. —Cael ya no es mi hermano. Solo es otro tirano. Tú me has dado aire para respirar, Elara. Yo te daré el fuego para quemar esa fortaleza hasta los cimientos.