Elara observaba a Leo mientras el niño, a pesar de sus diez años y su figura menuda, había algo en su mirada que no pertenecía a la infancia. El polvo de cristal de las minas de Aethel no solo se había pegado a su ropa; parecía haber sido absorbido por sus poros.
—No es solo que me hayas curado, Elara —susurró Leo, mirando sus propias manos, que desprendían un levísimo fulgor violeta en la oscuridad de la cueva—. En las minas, cuando los demás morían, yo sentía que las piedras me hablaban. El cristal no es solo roca... es memoria. Y ahora que tu magia ha limpiado mis pulmones, esa energía se ha quedado dentro.
—Eres muy joven, Leo —dijo Elara, con el corazón encogido por la culpa de involucrar a un niño en esta guerra—. Deberías estar lejos de aquí.
—Mi padre y Cael me dieron por muerto hace meses —respondió el niño con una madurez gélida—. Para la Fortaleza de Hierro, soy un espectro. Y los espectros pueden cruzar paredes que los soldados no.
Leo explicó su plan: gracias a mi tamaño y a la extraña afinidad que había desarrollado con el cristal, podría infiltrarme por los conductos de ventilación que conectaban las minas con las celdas de máxima seguridad. Pero hay un problema: las puertas internas de la torre estabn selladas con bloqueos de linaje, magia que solo se abriría ante la presencia de alguien de la familia real.
Elara se quitó el anillo de plata, el sello del halcón que Cael le había dado como promesa y que terminó siendo una herramienta de rastreo.
—Tómalo —dijo ella, poniéndolo en la pequeña mano de Leo—. Si el anillo reconoce la sangre de tu hermano, también reconocerá la tuya. Con él podrás abrir la celda de Sara.
—¿Y qué pasará si me encuentran? —preguntó Leo, apretando el anillo.
Joran se unió a ellos, intervino en la conversación.
—No te encontrarán —dijo Joran, entregándole al niño una pequeña daga de hueso y un vial de brea—. Porque Elara y yo vamos a montar un espectáculo en la puerta principal que hará que todos los guardias miren hacia el valle.
Mientras la tormenta arreciaba, Leo se deslizó hacia la base de la montaña. Para su sorpresa, al acercarse a las rocas, no sintió frío. Su cuerpo, saturado por el poder de las minas, parecía vibrar en armonía con la piedra de la fortaleza.
Al tocar la pared de entrada de los conductos, Leo cerró los ojos. Por un instante, su visión cambió: no veía piedra, sino corrientes de energía fluyendo como venas de luz. Sin saber cómo, su cuerpo se volvió semitransparente por un segundo, permitiéndole "resbalar" a través de una grieta que sería imposible para cualquier humano.
Dentro, el palacio era un hervidero de actividad. El Rey de las Sombras y Samuel estaban reunidos en el gran salón, celebrando su pacto. Leo avanzó por los túneles de servicio, guiado por el rastro de "miedo" que podía sentir en el aire; para su nuevo sentido, el miedo de los prisioneros brillaba como un rastro de ceniza.
Llegó a las celdas inferiores. Allí, custodiada por dos guardias de la Guardia de Ébano, estaba Sara, encadenada a una pared de cristal que extraía lentamente su calor corporal.
Leo sacó el anillo. Pero antes de que pudiera acercarse, el cristal de la pared empezó a brillar intensamente ante su presencia. El niño sintió un hambre voraz despertando en sus manos: el cristal de la fortaleza quería alimentarse de la energía que él traía del Valle.