Leo se pegó a la pared, su pequeño cuerpo fundiéndose con las piedras densas de la mazmorra. Su nuevo sentido —esa extraña visión que convertía la magia en hilos de luz— le advirtió segundos antes de que alguien llegara: una vibración de oro y plata, fría y familiar.
—Escondeos, pequeño —susurró el cristal en su mente.
Leo se deslizó tras un pilar de piedra justo cuando la puerta de hierro chirriaba. Cael entró solo. No llevaba la túnica de seda de la cena, sino su armadura de combate, pero sus hombros estaban caídos, como si cargara con el peso de la montaña entera. Se detuvo frente a la celda de Sara, quien levantó la cabeza con un esfuerzo supremo, sus ojos inyectados en sangre por el efecto del gas.
—Vete de aquí, traidor —escupió Sara, aunque su voz era apenas un hilo—. No te queda nada que comprar con mi sangre. Ya tienes tu corona.
Cael no respondió de inmediato. Se acercó a los barrotes y apoyó la frente contra el metal gélido.
—Elara siempre dijo que eras la más valiente —dijo Cael en un susurro tan bajo que solo los oídos agudizados de Leo pudieron captar—. Por eso sé que sobrevivirás al viaje al Valle. Samuel te llevará al amanecer. Valerius te mantendrá viva para interrogarte sobre los movimientos de los Lobos.
—¿Y eso debe consolarme? —Sara soltó una risa amarga—. ¿Saber que seré una prisionera del Templo mientras tú brindas con tu padre?
Cael se tensó. Miró hacia la puerta para asegurarse de que estaba solo y luego se acercó aún más.
—Mi padre ha ordenado la ejecución de todos los prisioneros del Valle para mañana —dijo Cael, y su voz tembló por primera vez—. Incluido mi hermano Leo. Los informantes dicen que está muerto en las minas, pero mi padre quiere "limpiar el linaje" por si acaso. Ha enviado asesinos a Aethel para confirmar que no quede ni un hueso de él.
Leo, escondido tras el pilar, sintió que el corazón se le saltaba del pecho.
—He entregado a Elara porque era la única forma de que Samuel detuviera el avance del Templo sobre nuestras fronteras —continuó Cael, hablando más para sí mismo que para Sara—. Si no lo hacía, el Valle habría arrasado el Norte buscando su "ancla", y Leo habría sido el primero en morir en la purga inicial. Todo lo que he hecho... la traición, el pacto con las sombras... ha sido para ganar tiempo.
—¿Tiempo para qué? —preguntó Sara, confusa.
—Para que el rastro de Leo se borre. Para que Samuel se lleve a Elara lejos de la furia de mi padre. Elara es fuerte, Sara. Ella encontrará la forma de escapar de Samuel. Pero mi hermano... mi hermano es solo un niño que ama los libros. No sobreviviría ni un día en esta guerra. Prefiero que Elara me odie el resto de su vida a que mi hermano sea ejecutado por un Rey que ya no tiene alma.
Cael sacó una pequeña llave de su guantelete y la dejó caer "accidentalmente" cerca de la mano de Sara.
—La guardia cambiará en diez minutos. Si logras salir, no busques a Elara. Huye hacia el sur. Cuanto más lejos estés de esta familia, más segura estarás.
Cael dio media vuelta y salió de la celda sin mirar atrás. Leo se quedó inmóvil, con el anillo de Elara apretado en su mano. Su hermano no era un villano por ambición, sino por un amor desesperado y retorcido que lo había llevado a sacrificar a la mujer que amaba para salvar a un niño que creía indefenso.
Pero Cael se equivocaba en algo. Leo ya no era el niño que amaba los libros. El cristal en sus venas rugió, pidiendo ser liberado.