El Paso de los Muertos era un desfiladero estrecho donde el viento aullaba como las almas que le daban nombre. Elara, apostada en un saliente rocoso, observaba el carruaje blindado que avanzaba pesadamente por el camino nevado. A su lado, Leo mantenía los ojos cerrados, con los dedos tocando la piedra fría, siguiendo la señal violeta que él mismo había plantado.
—Se detienen —susurró Leo de repente. Sus ojos se abrieron de golpe, llenos de pánico—. Elara, la marca... Samuel la ha sentido.
Abajo, el convoy se detuvo en seco. Samuel bajó del caballo de un salto. No gritó órdenes; simplemente caminó hacia la puerta del carruaje y la abrió de par en par. La ilusión de cristal de Leo, que debía durar horas, se desvaneció bajo el toque de los guanteletes de antimagia de Samuel.
Samuel miró hacia las cumbres, directamente hacia donde Elara estaba escondida. Su rostro no mostraba sorpresa, sino una satisfacción sombría.
—¡Sé que estás ahí, Custodia! —su voz resonó en las paredes del desfiladero—. ¿De verdad creíste que un truco de aprendiz de minero me engañaría? Has caído en el único lugar donde no tienes salida.
En ese momento, las laderas que Elara creía seguras se llenaron de figuras con capas blancas. Los Arqueros del Alba de Samuel habían estado flanqueando el paso desde hacía kilómetros. Estaban rodeados.
—¡Es una trampa! —gritó Joran, tensando su arco, pero una flecha de luz impactó en la roca a pocos centímetros de su cabeza, obligándolo a cubrirse.
Elara se puso en pie, revelando su posición. Sabía que si no lo hacía, sus hombres serían masacrados en segundos. Descendió por la pendiente con una calma que sorprendió incluso a Samuel, hasta quedar a diez metros de él, en medio del camino nevado.
—Déjalos ir, Samuel —dijo Elara. El viento agitaba su capa de piel de lobo, pero ella no temblaba—. Ya me tienes aquí. Es lo que querías, ¿no? Llevarme ante Valerius y salvar tu honor.
Samuel caminó hacia ella, el vapor saliendo de su boca con cada respiración. —Mi honor no se salva llevándote de vuelta, Elara. Se salva eliminando la debilidad que sembraste en el Templo. Valerius te quiere viva, pero los hombres como yo sabemos que hay cánceres que es mejor extirpar.
Samuel desenvainó su espada de mando, una hoja que brillaba con una luz solar artificial, tan intensa que quemaba los ojos.
—Duelo de voluntades, Elara —dijo Samuel, bajando la visera de su casco—. Si me derrotas, tus hombres pueden huir. Si gano yo, el niño y el rastreador morirán primero para que veas cómo desaparece todo lo que amas antes de que te encadene.
Elara desenvainó el puñal de de Joran y sintió la presencia de Leo detrás de ella, en lo alto de la roca. Podía sentir la vibración del cristal del niño, una energía que Samuel ignoraba pero que estaba cargando el aire de electricidad estática.
—No peleas contra una Custodia, Samuel —dijo Elara, adoptando la postura de combate de los Lobos—. Peleas contra el Norte.