Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 37: El Tercer Bando

Samuel lanzó una estocada ascendente que Elara apenas pudo esquivar. La luz solar de su espada quemó el borde de su capa de piel, dejando un rastro de olor a chamuscado. Elara retrocedió, sus botas hundiéndose en la nieve profunda. Estaba agotada; el duelo de voluntades era desigual. Samuel era un muro de acero y disciplina, y ella era una fugitiva herida que apenas podía sostener su puñal.

—Se acabó, Elara —dijo Samuel, preparando el golpe final—. El Norte no es un refugio, es un cementerio. Y tú vas a ser su última tumba.

Justo cuando Samuel levantaba su hoja para descargarla, un silbido agudo cortó el viento. No fue uno, sino docenas. Una lluvia de flechas negras, talladas en obsidiana y plumas de cuervo, cayó desde las cornisas más altas del desfiladero.

No apuntaban a Elara. Apuntaban a los Arqueros del Alba.

Los soldados del Templo gritaron cuando las flechas de obsidiana atravesaron sus armaduras de plata como si fueran papel. Samuel se detuvo en seco, mirando hacia las alturas. Figuras vestidas con harapos de cuero oscuro y máscaras de madera tallada empezaron a descender por las paredes verticales de la roca con una agilidad inhumana.

—¡Los Sin Rostro! —rugió Joran desde arriba, con una mezcla de terror y alivio.

Los proscritos no usaban magia, pero su violencia era pura y física. Se lanzaron sobre el convoy de Samuel con hachas de piedra y garras de metal. El desfiladero se convirtió en una carnicería de rojo sobre blanco.

El líder de los atacantes, un hombre inmenso con una máscara que representaba un cráneo de oso, aterrizó pesadamente entre Elara y Samuel. No dijo nada, pero sus ojos, que brillaban tras la madera, se fijaron en el pequeño Leo, que seguía en lo alto de la roca.

—¡Retirada! —gritó Samuel, dándose cuenta de que sus arqueros estaban siendo masacrados por un enemigo que no sentía el frío ni el miedo—. ¡Proteged el carruaje!

Pero no había carruaje que proteger; Leo, aprovechando el caos, había usado su poder para sobrecargar los cristales de las ruedas, y el vehículo estalló en una nube de fragmentos violetas, bloqueando el camino de huida de Samuel.

El gigante de la máscara de oso miró a Elara y luego señaló a Leo. —La sangre del Rey... —su voz era un trueno cavernoso—. Y la mujer que cura la fiebre. Habéis traído el invierno con vosotros.

—No busco pelea con vosotros —dijo Elara, tratando de recuperar el aliento, con el puñal aún en alto.

—La pelea ya ha venido a nosotros —respondió el Sin Rostro—. El Templo ensucia nuestra nieve. El Rey de las Sombras pudre nuestras raíces. Venid con nosotros, o morid aquí con los hombres del sur.

Samuel, viendo que perdía el control, lanzó una granada de luz cegadora al suelo. —¡Esto no ha terminado, Elara! ¡Te seguiré hasta el fin del mundo!

Bajo la cortina de luz, Samuel y lo que quedaba de sus hombres lograron retroceder hacia el bosque, abandonando el paso. Elara se quedó sola con los Sin Rostro, rodeada de cadáveres de capas blancas.

Leo bajó de la roca y se acercó a Elara, agarrando su mano. Sus dedos aún vibraban por la energía que había usado. El gigante enmascarado se arrodilló ante el niño, no por respeto real, sino como quien reconoce una fuerza de la naturaleza.

—El pequeño príncipe tiene el fuego del cristal —dijo el líder—. Y tú, Custodia, tienes la marca del sacrificio. Nuestra guarida está en las Cumbres de los Lamentos. Si queréis vuestra venganza, tendréis que aprender a vivir sin cara y sin nombre.




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