Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 38: La Ciudad de los Olvidados

El ascenso a las Cumbres de los Lamentos fue un viaje a través de un mundo de cristal y viento. Los Sin Rostro se movían por salientes que no deberían sostener a un hombre, guiando a Elara, Leo y Joran hasta que llegaron a una grieta oculta tras una cascada congelada. Al cruzarla, el frío extremo dio paso a un calor geotérmico que emanaba de las profundidades.

La ciudad era una maravilla de ingeniería: pasarelas de madera suspendidas sobre abismos de hielo azul y hogueras que quemaban un aceite extraño que no producía humo.

El gigante de la máscara de oso los condujo hasta el nivel más alto, a una sala tallada en el corazón de una geoda gigante. Allí, sentada en un trono de hueso de ballena y rodeada de mapas antiguos, se encontraba una mujer. Vestía pieles blancas y su rostro estaba marcado por cicatrices de quemaduras mágicas, pero sus ojos eran de un gris tormentoso idéntico al de Cael y Leo.

Al verla, Leo se soltó de la mano de Elara y dio un paso adelante, temblando.

—¿Madre? —susurró el niño, con una voz que se quebró.

La mujer se puso en pie. Su expresión, antes gélida como la cima de la montaña, se desmoronó al ver al pequeño cubierto de polvo de cristal. Corrió hacia él y lo estrechó en un abrazo tan feroz que parecía querer fundirlo con su propio cuerpo.

—Mi pequeño gorrión... —sollozó ella—. Me dijeron que habías muerto en el Valle. Me dijeron que mi esposo te había sacrificado para salvar su pacto con Valerius.

Elara y Joran observaban en silencio. Elara sintió un nudo en la garganta al comprender la magnitud de la mentira que sostenía la Fortaleza de Hierro.

—Soy Valeria, la que fue Reina del Norte —dijo la mujer, separándose de Leo y clavando su mirada en Elara—. Y sé quién eres tú, Custodia. Eres la mujer que mi hijo Cael ama, y la mujer a la que ha traicionado para seguir los pasos de su padre.

—Él cree que lo hizo para proteger a Leo —dijo Elara, tratando de defender la pizca de humanidad que vio en Cael, aunque le doliera.

Valeria soltó una carcajada amarga que resonó en la geoda. —Eso es lo que el Rey de las Sombras hace: te convence de que la crueldad es necesidad. Yo no morí de fiebre, Elara. Huí de ese palacio cuando descubrí que mi esposo estaba usando la "Vena de Origen" para alimentarse a sí mismo, robando la vida de sus propios súbditos para no envejecer. Cuando intenté detenerlo, quemó mi rostro y me dio por muerta.

Valeria se acercó a Elara y le tomó las manos. Sus dedos estaban callosos, fuertes. —Cael ha sido moldeado por un monstruo. Él cree que el sacrificio de una persona puede salvar a un reino, pero no entiende que una vez que empiezas a sacrificar a los que amas, ya no queda reino que valga la pena salvar.

Valeria condujo a Elara hacia un mapa de la fortaleza. —Mi hijo mayor ha sellado su destino. Al entregarte a Samuel, ha permitido que el Valle traiga sus máquinas de extracción al corazón del Norte. El Rey de las Sombras no quiere paz; quiere la tecnología de Valerius para hacerse inmortal.

—Leo tiene un poder —intervino Elara, mirando al niño—. Los cristales del Valle reaccionan ante él. Puede sentirlos, puede manipularlos.

Valeria miró a su hijo menor con una mezcla de orgullo y terror. —Es la Resonancia. El cristal de Aethel ha reconocido la sangre real. Elara, si quieres a tu amiga Sara y si quieres que el Norte deje de sangrar, no podemos simplemente atacar. Tenemos que desconectar la fortaleza.

—¿Cómo? —preguntó Joran.

—Hay un punto ciego debajo del salón del trono —explicó Valeria—. Un lugar donde la magia del Valle y la energía de la montaña chocan. Necesitamos que Leo use su poder para crear una sobrecarga, mientras tú, Elara, usas tu conocimiento de Custodia para guiar esa energía hacia los sellos del Rey.

—¿Y Cael? —preguntó Elara, con la voz temblorosa.

—Cael estará defendiendo a su padre —sentenció Valeria—. Y esta vez, Elara, no podrás dudar. O lo detienes, o él nos entregará a todos al Valle.




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