En el patio de entrenamiento de la Ciudad de los Olvidados, donde el calor de las chimeneas volcánicas choca con el hielo eterno, Valeria abrió un arcón de madera de hierro. Sacó una armadura de escamas blancas, ligeras como el papel pero duras como el diamante.
—Es cuero de dragón de nieve —dijo Valeria, ayudando a Elara a ajustarse las piezas—. No detendrá una espada de luz de Samuel por completo, pero dispersará el calor para que no te queme la piel. Y esto...
Valeria le entregó una lanza. No era de metal, sino de un cristal translúcido que parecía contener una tormenta de arena en su interior.
—Es el Colmillo del Glaciar. Fue mi arma cuando era reina. Solo alguien con una conexión con la montaña puede despertarla. Pero hoy, Elara, tú no serás quien la empuñe sola.
Leo se acercó. Sus manos brillaban con ese tono violeta que se había vuelto constante. Valeria le indicó que pusiera su mano sobre la base de la lanza mientras Elara la sostenía por el centro.
En el momento en que ambos tocaron el arma, una descarga eléctrica recorrió el patio. Elara no sintió dolor, sino una claridad absoluta. Podía sentir los latidos del corazón de Leo, y él podía sentir el pulso de ella. La lanza se encendió con un fuego frío, una mezcla de blanco y púrpura que iluminó las paredes de la cueva.
—¡Ataquen! —ordenó Valeria. (empezando el entrenamiento).
Tres guerreros de los Sin Rostro cargaron contra ellos. Elara se movió con una agilidad que nunca tuvo en el Templo. No necesitaba mirar a Leo; sabía exactamente dónde estaba el niño. Cuando Elara lanzaba una estocada, Leo canalizaba un pulso de energía a través de la lanza que creaba una onda de choque, lanzando a los guerreros hacia atrás antes de que pudieran siquiera tocar el cristal.
—Es como si... como si fuéramos una sola persona —susurró Leo, jadeando de emoción.
—Es porque vuestra magia es complementaria —explicó Valeria, observándolos con orgullo y tristeza—. Elara, tú das la estructura, la dirección. Leo da la fuerza bruta de la tierra. Juntos, sois un circuito cerrado. Samuel y el Rey de las Sombras esperan a una mujer herida y a un niño asustado. No esperan a un fenómeno de resonancia.
El simulacro continuó durante horas. Elara aprendió que si golpeaba el suelo con la base de la lanza mientras Leo cerraba los ojos, podían crear muros de cristal instantáneos para cubrir su retirada. Era la Alquimia de la Custodia, una disciplina que no existía en los libros del Valle.
Al terminar, Valeria se acercó a Elara y le puso una mano en el hombro. —Mañana, cuando estemos frente a la fortaleza, el eclipse nos dará diez minutos de oscuridad total. En esos diez minutos, tú y Leo tendréis que llegar al núcleo. Cael estará allí. Él reconocerá esta lanza. Él sabrá que yo sigo viva a través de ti.
Elara miró el arma. El reflejo en el cristal ya no mostraba a la novicia asustada que huyó del Templo. Mostraba a una guerrera del Norte lista para reclamar lo que le arrebataron.
—¿Y si Cael intenta detenernos? —preguntó Elara.
—Entonces —respondió Valeria, con los ojos endurecidos por décadas de exilio—, tendrás que decidir si eres una sanadora que salva a un individuo, o una Custodia que salva a todo un pueblo.