El descenso fue extrañamente sencillo. Los Sin Rostro se movían como sombras entre las estalactitas, y Elara, con su armadura de dragón de nieve, sentía que la lanza de cristal vibraba en sincronía con el corazón de Leo. Pero al cruzar el umbral de la Cámara de los Lamentos, el nivel más profundo bajo el salón del trono, el silencio se volvió absoluto. Demasiado absoluto.
—Esperad —susurró Elara, deteniéndose en seco—. No hay ni una rata. Ni un goteo de agua.
—Elara, no puedo... no puedo sentir las piedras —dijo Leo, con la voz temblorosa. El brillo violeta de sus manos se desvaneció de golpe, como una vela apagada por un soplo gélido.
De repente, las puertas de hierro tras ellos se cerraron con un estruendo ensordecedor. El aire cambió. Se volvió pesado, seco y carente de cualquier rastro de energía. Estaban en una Cámara de Vacío, una reliquia del antiguo ala Norte diseñada para anular tanto la Bruma del Valle como la resonancia del cristal.
—Bienvenidos a casa —una voz gélida resonó desde las sombras superiores.
En una plataforma elevada, el Rey de las Sombras apareció iluminado por una luz química artificial. A su lado, Cael permanecía inmóvil, con la mirada fija en el suelo, evitando los ojos de Elara.
—¿De verdad creíste que Valeria podría esconderse de mí para siempre? —el Rey miró a su esposa, que permanecía junto a Elara con el arco tensado—. Te dejé huir hace años, Valeria, porque sabía que un día me traerías lo que me faltaba: el hijo que el cristal reclamó y la Custodia que lo despertó.
—¡Eres un monstruo! —gritó Valeria, disparando una flecha de obsidiana, pero el proyectil cayó al suelo a mitad de camino, privado de toda inercia mágica por la cámara de vacío.
—Aquí no hay magia, querida. Solo acero y voluntad —sentenció el Rey—. Cael, dales una lección de lo que sucede cuando los "ideales" se enfrentan a la realidad del poder.
El Rey hizo una señal y, de las paredes laterales, surgieron los autómatas: armaduras vacías movidas por engranajes y presión de vapor, máquinas que no necesitaban magia para matar.
Leo se encogió, asustado al verse privado de su poder por primera vez desde que despertó. Elara apretó la lanza de cristal, que ahora era simplemente un trozo de roca inerte en sus manos.
—Cael... —susurró Elara, buscando la mirada del príncipe—. No permitas que esto pase. Tú no eres él.
Cael levantó la cabeza. Sus ojos estaban rojos, llenos de una fatiga milenaria. No desenvainó su espada contra Elara, pero tampoco se movió para ayudarla.
—Elara, ríndete —dijo Cael, y su voz era un ruego roto—. Si te entregas ahora, mi padre perdonará a Leo. Permitirá que Valeria viva en las celdas superiores. Es el único trato que queda. Por favor... deja de luchar contra lo inevitable.
Los autómatas empezaron a avanzar, sus engranajes chirriando en el silencio mortal de la cámara. Elara miró a Leo, luego a Valeria y finalmente a Cael. Estaban atrapados en una caja de metal sin salida, y el eclipse, que debía ser su aliado, ahora solo servía para ocultar su ejecución del resto del mundo.