Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 41: El Sacrificio de la Sangre

Elara atacó a Cael con el puñal en ambas manos, su pecho subiendo y bajando con violencia. Cael yacía sobre el altar, con la herida en su hombro manando una sangre espesa y oscura que parecía cobrar vida propia al entrar en contacto con las runas talladas en la piedra.

—¡Detenedla! —rugió el Rey de las Sombras desde la plataforma, perdiendo su compostura gélida por primera vez—. ¡Destruid el altar!

Los autómatas de vapor chirriaron, sus calderas silbando mientras giraban sus hachas mecánicas hacia Elara. Pero era demasiado tarde. El altar de absorbió la sangre real y emitió un pulso sónico que lanzó a los autómatas hacia atrás, abollándoles el metal.

El vacío se rompió.

El aire volvió a la cámara con la fuerza de un vendaval. Leo, que estaba colapsado en el suelo, soltó un grito desgarrador mientras su cuerpo se arqueaba. El brillo violeta regresó a sus ojos, pero esta vez no era una luz tenue; era un incendio. El niño se puso en pie, y el suelo de piedra bajo sus pies empezó a cristalizarse instantáneamente.

—¡Siento... lo siento todo! —gritó Leo, extendiendo sus manos.

—¡Leo, contrólalo! —le pidió Elara, soltando el puñal y agarrando de nuevo su lanza de cristal, que ahora ardía con una llama blanca cegadora.

Cael, pálido y debilitado, miró a Elara desde el suelo del altar. No había odio en sus ojos, solo una aceptación trágica. —Ya está hecho —susurró—. Has despertado el Pacto de Sangre. La fortaleza ya no obedece a mi padre... pero tampoco te obedecerá a ti, Elara. Se alimentará de quien tenga más fuerza.

El Rey de las Sombras, viendo que su control sobre la cámara de vacío había desaparecido, desenvainó una espada que parecía hecha de noche sólida. Saltó desde la plataforma, cayendo con la pesadez de una montaña sobre el nivel inferior.

—Valeria... —el Rey miró a su esposa con un desprecio infinito—. Debí quemarte hasta las cenizas cuando tuve la oportunidad. Y a ti, bastardo de cristal —señaló a Leo—, te devolveré a la tierra de la que nunca debiste salir.

Valeria se puso al lado de Elara, tensando su arco con una flecha de luz que ahora sí brillaba con toda su intensidad. —Hoy no eres un Rey —dijo Valeria—. Solo eres un hombre asustado que se esconde tras el vapor y tus máquinas.

Los Sin Rostro empezaron a descender por las cadenas de la cámara, lanzándose contra la guardia personal del Rey que entraba por las puertas superiores. La batalla final por el núcleo de la fortaleza había comenzado.

Elara se colocó frente a Leo, protegiendo al niño mientras este canalizaba la energía para intentar abrir las puertas de las celdas superiores donde estaban los demás prisioneros. Pero el Rey de las Sombras avanzaba hacia ellos, y cada paso que daba apagaba las antorchas de la sala.

—Elara —dijo Leo, con la voz distorsionada por la energía—, el Rey no está usando magia. Él es la sombra. Si dejas que se acerque al altar, usará la sangre de Cael para sellar el Norte para siempre.

Elara apretó los dientes, sintiendo el peso de la armadura de dragón de nieve. Miró a Cael, que intentaba ponerse en pie, y luego al Rey, que alzaba su espada negra.




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