El Rey de las Sombras avanzaba hacia el altar, su espada absorbiendo la poca luz de la cámara. Cada paso del tirano era un golpe al corazón de Elara, que apretaba la lanza de cristal, sintiendo la furia incandescente de Leo resonando a través del arma.
—¡Morirás por mi mano, Custodia! —rugió el Rey.
Justo cuando el Rey se disponía a atacar a Elara, Cael pálido y sangrante se tambaleó y se interpuso entre ellos.
—¡Padre, no! —Cael extendió una mano hacia el Rey, su voz un ruego desesperado—. ¡Detén esta locura! Samuel ha sido derrotado. El Valle ha retirado sus fuerzas. La paz ya no necesita... ¡ya no necesita de su sangre!
El Rey de las Sombras se detuvo, su espada a escasos centímetros del rostro de su hijo mayor. Su ira era un fuego helado. —¿Paz? ¡Ingenuo! No hay paz para los débiles, Cael. ¡Solo hay sometimiento! ¿Crees que Valerius se retiró por tu pacto? Se retiró porque Elara escapó y Samuel perdió el control de la Bruma. ¡Ella ha expuesto nuestra debilidad!
—Ella nos ha salvado —respondió Cael, y miró a Elara con una sinceridad dolorosa—. Padre, los Sin Rostro están en los pasillos. Tu guardia está siendo masacrada. ¡Has perdido!
El Rey soltó una carcajada seca, sin una pizca de humor. —¿Perder? Nunca he perdido un ápice de poder, Cael. Solo he esperado el momento oportuno. Yo te di la vida, Cael. Y ahora, me la devolverás.
Con una velocidad aterradora, el Rey de las Sombras levantó la espada y la hundió en el pecho de Cael. No fue un golpe mortal, pero no necesitaba serlo. El Rey solo quería la sangre. La sangre del linaje.
—¡NO! —gritaron Elara y Leo al unísono.
La herida de Cael, ya debilitado por el corte anterior de Elara, se abrió como una flor macabra. La sangre brotó, pero el Rey de las Sombras no la dejó caer al suelo. Acercó la punta de su propia espada a la herida de Cael y canalizó la sangre del príncipe hacia su propia hoja.
La espada del Rey se encendió con un brillo oscuro, y su cuerpo se envolvió en una aura de poder tan abrumadora que las sombras de la sala se retorcieron.
—Gracias, hijo —dijo el Rey, y su voz ya no era humana, sino un eco cavernoso de mil años de tiranía—. Acabas de entregarme el último sacrificio que necesitaba. Ahora, Cael, eres parte de mi poder.
Elara se quedó petrificada. No era una trampa de Cael; era su desesperado intento de redimirse, y el Rey lo había convertido en su propia arma.
—¡Ahora, Elara, tú y mi otro hijo seréis los próximos! —gritó el Rey, alzando su espada teñida de sangre.
Leo, al ver la sangre de su hermano en la espada de su padre, sintió una rabia primordial desatarse. El brillo violeta de sus manos se intensificó hasta el punto de la incandescencia. Los cristales del suelo de la cámara empezaron a ascender, formando pequeños picos afilados.
—¡No! —gritó Leo.