Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 43: El Sacrificio de Valeria

El Rey de las Sombras se alzaba como una torre de oscuridad absoluta, su espada vibrando con la esencia robada de Cael. El aire en la cámara se volvió tan denso que a Elara le costaba llenar sus pulmones. El tirano dio un paso hacia adelante, ignorando el cuerpo herido de su hijo mayor, con la intención de segar la vida de Leo.

—¡Apártate de él! —gritó Valeria.

Nadie la vio moverse. No fue la elegancia de una reina, sino la ferocidad de una loba protegiendo a su cría. Valeria soltó su arco y, desenfundando una daga de hueso de dragón que ocultaba en su bota, se lanzó contra la espalda de su esposo.

El Rey, cegado por su propia arrogancia y el poder acumulado, no previó el ataque. La daga de Valeria se hundió profundamente en la brecha de su armadura, justo entre las escápulas.

El Rey soltó un rugido que hizo temblar las estalactitas del techo. Se giró con una violencia inhumana, golpeando a Valeria con el pomo de su espada. Ella salió despedida contra las rocas, pero no antes de haber logrado su objetivo: el flujo de energía de la espada se interrumpió por un instante, y el Rey perdió el equilibrio.

—¡AHORA, ELARA! ¡HAZLO POR MIS HIJOS! —gritó Valeria desde el suelo, con el rostro cubierto de sangre pero los ojos encendidos.

Elara sintió el tirón en su pecho. Leo, al ver a su madre caer, emitió un alarido que no era humano; era la montaña gritando a través de un niño de diez años. El pequeño agarró el brazo de Elara, y una corriente de energía violeta, tan pura que quemaba, fluyó desde sus dedos hacia la lanza de cristal.

La lanza Colmillo del Glaciar dejó de ser un arma blanca para convertirse en un haz de luz cegadora.

Elara no pensó. No dudó. Impulsada por la rabia de Valeria y el poder desatado de Leo, se lanzó hacia adelante. El Rey intentó levantar su espada negra, pero el peso de la daga de Valeria en su espalda lo hizo dudar una fracción de segundo. Fue suficiente.

Elara hundió la punta de la lanza en el pecho del Rey, justo en el centro de su armadura.

La colisión de energías fue devastadora. La luz de la Custodia y la resonancia del cristal de Leo chocaron contra la sangre real corrupta. Una explosión de destellos violetas y blancos iluminó la cámara, desintegrando a los últimos autómatas de vapor y lanzandolos al suelo.

El Rey de las Sombras miró a Elara con incredulidad. Su cuerpo empezó a resquebrajarse como cristal golpeado por un martillo. La oscuridad que lo envolvía se filtró hacia fuera, siendo devorada por la luz de la lanza.

—Tú... no eres... nada —susurró el Rey, antes de estallar en una nube de ceniza negra y fragmentos esparcidos por el aire.

El silencio que siguió fue absoluto, roto solo por el sonido de la lanza de Elara al caer al suelo, ahora apagada y gris.

Elara corrió hacia Valeria, mientras Leo se desplomaba, exhausto, a su lado. Joran acercó cautelosamente, mientras en el altar, Cael abría los ojos con dificultad, viendo cómo el reinado de terror de su padre terminaba en un montón de polvo.




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