Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 44: La Última Curación

El silencio que siguió a la desintegración del Rey era denso, cargado del olor a ozono y sangre. La cámara, privada del poder que la sostenía, empezó a gemir; pequeñas grietas serpentearon por las columnas.

Elara se desplomó de rodillas entre los dos cuerpos. A su izquierda, Valeria agonizaba con una herida abierta en el costado, su respiración era un silbido húmedo. A su derecha, Cael yacía sobre el altar, con el pecho empapado por la sangre que la espada de su padre le había arrebatado.

—Elara... —la voz de Leo era un sollozo roto. El niño fué hasta ella, con las manos aún humeantes por la sobrecarga de cristal—. Por favor... ayúdalos. Tienes que salvarlos.

Elara extendió sus manos, sintiendo el flujo de su energía interna. Estaba seca. El ataque final contra el Rey había consumido casi toda su reserva como Custodia. Le quedaba una chispa, una única carga de luz pura. Solo suficiente para cerrar una herida mortal. Solo suficiente para un milagro.

—No... —Valeria alcanzó la mano de Elara con dedos temblorosos—. No lo hagas conmigo, pequeña loba.

—Valeria, te desangras —dijo Elara, con las lágrimas nublándole la vista.

—Mi tiempo... pasó hace años —susurró Valeria, mirando a sus dos hijos. Luego, clavó sus ojos en Elara con una lucidez feroz—. Leo necesita a su hermano. El Norte necesita un Rey que sepa lo que es el arrepentimiento. Cael... él puede ser ese hombre si tú le das la oportunidad. Mi sacrificio no será nada si dejas que el linaje muera aquí. ¡Sálvalo a él!

—¡No, mamá! —gritó Leo, abrazándose a su cuello—. ¡Elara, cúrala a ella! ¡Es nuestra madre!

Elara miró a Cael. El príncipe apenas respiraba; sus ojos estaban fijos en el techo, nublados. Había entregado su sangre para romper el vacío y su vida para intentar razonar con un monstruo. Si moría ahora, moriría como un traidor redimido a medias. Si vivía, tendría que enfrentar el juicio de su pueblo y el peso de sus pecados.

—Leo... —murmuró Elara, con el corazón desgarrado—. Tu madre tiene razón. Ella ya ha entregado su alma a la montaña para protegernos.

—¡Por favor! —suplicó el niño.

Pero Elara ya había tomado una decisión. No era una decisión basada en el perdón, sino en la supervivencia del mañana. Puso sus manos sobre el pecho de Cael. La última luz de la Custodia brotó de sus palmas, un blanco purísimo que se filtró en la herida de la espada negra. Los tejidos empezaron a unirse, el ritmo cardíaco de Cael se estabilizó y el color regresó lentamente a su rostro.

Valeria soltó un suspiro de alivio, una exhalación larga que pareció llevarse todo el dolor de sus años de exilio. Su mano se relajó en la de Elara.

—Gracias... —susurró la reina proscrita. Sus ojos se cerraron mientras una sonrisa tenue, casi imperceptible, se dibujaba en su rostro marcado por las cicatrices.

Valeria había muerto, pero lo hacía como quería: salvando la chispa de esperanza que quedaba en su familia.

Leo se dejó caer sobre el pecho de su madre, llorando sin consuelo. Cael, despertando del trance de la muerte, soltó un quejido y miró a Elara. Vio la luz apagándose en las manos de la Custodia, vio el cuerpo inerte de su madre y comprendió el precio de su segunda oportunidad.

—¿Por qué? —preguntó Cael con un hilo de voz, lleno de vergüenza—. No lo merezco.

—No lo hice por ti —respondió Elara, levantándose con dificultad y limpiándose las lágrimas—. Lo hice por el niño que ella amaba. Ahora, levántate. La montaña se cae y tienes un reino que reconstruir desde las cenizas.




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