Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 45: La Marca de la Custodia

El descenso final fue una carrera contra el tiempo y la gravedad. Los Sin Rostro cargaban el cuerpo de Valeria con una solemnidad sepulcral, mientras Joran ayudaba a un Cael que apenas podía mantener el equilibrio. Elara cerraba la marcha, sosteniendo la mano de Leo, quien caminaba en un trance absoluto, como si estuviera escuchando una melodía que nadie más podía oír.

Al cruzar el umbral de la puerta principal, el aire del exterior los golpeó. Pero no era el aire gélido y puro del Norte que Elara recordaba. Era un aire denso, cargado de un polvo brillante que hacía que la luz de la luna se fracturara en mil colores.

—Mirad... —susurró Leo, señalando el valle.

La nieve había desaparecido. En su lugar, el suelo estaba cubierto por una alfombra de cristales translúcidos que crecían como hierba. Los árboles estaban petrificados en prismas de color cobalto, y a lo lejos, las afueras de la ciudad ya no mostraban piedra ni madera, sino estructuras geométricas que vibraban con una luz interna. Se estaba extendiendo como una plaga de belleza aterradora.

Elara se detuvo para ajustar el vendaje de Cael. Al tocar la piel del príncipe, sintió una descarga de frío absoluto.

—¡Ah! —Cael se encogió, pero no por el dolor de su herida.

Elara miró sus propias manos. No estaban emitiendo la luz blanca de la curación. De sus yemas brotaban pequeñas venas de color obsidiana que se extendían por la piel de Cael, endureciéndola. Donde ella lo había tocado, la carne se había convertido en un fragmento de cristal oscuro, frío e inerte.

—¿Qué... qué me has hecho? —preguntó Cael, mirando con horror la pequeña placa de cristal en su pecho.

—No he sido yo... —Elara retrocedió, mirando sus manos con pavor. Las venas negras pulsaban al ritmo de su rabia y su miedo—. La sombra de tu padre... cuando te salvé, no solo pasé mi luz a tu cuerpo. Su oscuridad fluyó hacia mí para sobrevivir.

—Es el equilibrio —dijo Leo, acercándose y tocando las manos de Elara. Él, imbuido de energía violeta, no se cristalizó, sino que pareció calmar el flujo—. Para salvar una vida real, tuviste que absorber la muerte real. Ahora eres como la montaña, Elara. Tienes el poder de crear, pero también el de congelar el mundo.

Joran se acercó, mirando hacia el horizonte donde las luces de los tanques de vapor de Samuel empezaban a rodear el perímetro de la ciudad cristalizada.

—No tenemos tiempo para entender esta maldición —gruñó el rastreador—. Los hombres del Valle están asustados. Y los hombres asustados disparan primero. Si ven lo que le has hecho a Cael, o lo que el niño le está haciendo al paisaje, nos cazarán como a monstruos, no como a rebeldes.

Elara apretó los puños, sintiendo cómo el cristal bajo sus pies crujía y crecía con cada una de sus emociones. Ahora entendía el "Testamento de los Vivos": no era una herencia de oro o tierras, sino la carga de un poder que transformaba la realidad misma a su paso.

—No somos monstruos —dijo Elara, mirando hacia la ciudad transformada—. Somos lo único que queda entre Samuel y el fin de este mundo. Cael, si puedes caminar, muévete. Tenemos que llegar al refugio antes de que se consuma la última entrada segura.

Cael se puso en pie, cubriendo la marca de cristal bajo su túnica. Miró a Elara con una mezcla de miedo y una nueva clase de lealtad. Ya no era el príncipe que la protegía, sino un hombre marcado por ella, unido por una cicatriz que ninguno de los dos podría borrar.




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