Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 46: El Refugio de las Memorias

El grupo avanzaba por la linde del bosque, pero el bosque ya no era tal. Los pinos centenarios se habían transformado en agujas de cuarzo translúcido que emitían un zumbido constante, una frecuencia que hacía que a Elara le castañetearan los dientes.

—Samuel ha desplegado los Anuladores —susurró Joran, señalando hacia el horizonte.

Enormes torres de metal, traídas a toda prisa desde el Templo, proyectaban haces de luz sobre la ciudad. No eran armas de ataque, sino escáneres. Buscaban la firma energética del cristal. Buscaban a Leo.

—No podemos avanzar por la superficie —dijo Elara, mirando sus manos. Las venas negras bajo su piel pulsaban cada vez que un haz de luz de los Anuladores pasaba cerca—. Si me detectan a mí o al niño, lloverá fuego solar sobre nosotros.

Leo se arrodilló sobre el suelo de cristal azul. Sus dedos pequeños acariciaron la superficie fría. —La montaña no termina en la fortaleza, Elara. Las venas de cristal llegan hasta el centro de la ciudad. Mi madre... ella conocía estos caminos.

Leo cerró los ojos y un pulso violeta emanó de su cuerpo. El suelo frente a ellos no se rompió, sino que se reorganizó. Los cristales se separaron como pétalos de una flor, revelando una rampa que descendía hacia la oscuridad.

—Es un Túnel de Resonancia —explicó Leo con voz monótona, casi como si hablara otra persona—. Pero no está vacío. Está lleno de lo que ella dejó atrás.

Al entrar, el aire se volvió cálido y denso. Las paredes del túnel no eran de roca, sino de un cristal pulido que actuaba como un espejo. Pero no reflejaba el presente.

—¿Qué es esto? —preguntó Cael, retrocediendo al ver una imagen en la pared.

En el cristal, se veía a una Valeria joven, riendo mientras sostenía a un bebé en brazos bajo el sol de un verano que ya no existía. Era una memoria viva, atrapada en la estructura molecular del cristal.

—Son sus recuerdos —dijo Elara, conmovida—. La explosión en el núcleo no solo liberó energía; fragmentó la conciencia de Valeria y la esparció por las venas de la tierra.

Para llegar al refugio, debían caminar kilómetros a través de este pasillo de fantasmas. Cada paso revelaba un secreto:Sin embargo, el túnel empezó a estrecharse. Las memorias se volvieron más oscuras, reflejando el dolor del exilio de Valeria. Elara sintió que su marca negra en el brazo empezaba a arder. Las paredes de cristal intentaban absorber su sombra, o quizás, ella estaba infectando las memorias de la reina muerta.

—Elara, tu mano... —advirtió Joran.

Donde Elara rozaba la pared para no caer, el cristal de las memorias se volvía opaco, negro. Estaba borrando el pasado de Valeria sin querer.

—¡Tengo que parar! —gritó Elara, apartándose de la pared—. Si sigo tocando el cristal, destruiré lo último que queda de ella.

—No podemos volver atrás —dijo Cael, mirando hacia la entrada que ya se había sellado—. Y Samuel está justo encima de nosotros. Siento las vibraciones de sus máquinas..




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