El túnel de cristal se ensanchó en una bóveda que palpitaba con una luz ámbar. Frente a ellos, la salida estaba bloqueada por tres figuras de tres metros de altura. No eran humanos, sino construcciones de energía pura que vestían las armaduras de la antigua Guardia Real de Valeria. Sus rostros eran planos, espejos plateados que reflejaban el miedo de quienes los miraban.
—Son los guardianes del lecho —susurró Cael, dando un paso adelante. Su voz aún sonaba débil, pero había una determinación nueva en él—. Protegen la memoria del momento en que mi madre decidió que yo no era apto para saber la verdad.
Los construcciones levantaron lanzas de cristal que silbaron al cargarse de energía. Joran tensó su arco, pero Elara le puso una mano en el brazo. La marca negra en la piel de Elara pulsaba violentamente; sentía que si liberaba su poder aquí, colapsaría todo el túnel sobre sus cabezas.
—No —dijo Elara—. Si luchamos, destruiremos el puente hacia el refugio.
Cael se despojó de su capa andrajosa. Caminó hacia los gigantes de luz, exponiendo la marca de cristal oscuro que Elara le había dejado en el pecho al salvarlo, justo encima de la herida que le hizo su padre.
—¡Reconocedme! —gritóCael. Su voz resonó en la bóveda, amplificada por el cristal—. Soy Cael, hijo de Valeria, heredero de las cenizas y portador de la mancha. ¡Vuestra reina ha muerto para que nosotros vivamos! ¡exijo el paso!
Los contrucciones se detuvieron. Sus rostros en el espejo vibraron. Por un segundo, pareció que iban a atravesar a Cael con sus lanzas. Pero entonces, la sangre real en las venas de Cael —ahora alterada por la magia de Elara— entró en resonancia con el túnel.
Uno de las contrucciones bajó su arma y se fragmentó en mil mariposas de luz que revelaron una visión: el momento exacto en que Valeria entregó el mapa del refugio a los Sin Rostro. El camino estaba despejado, pero el esfuerzo de Cael le hizo caer de rodillas, tosiendo sangre que ahora tenía destellos plateados.
—Cael... —Elara corrió hacia él, pero se detuvo antes de tocarlo. Miró sus manos con venas negras. Tenía miedo de lo que su contacto podría hacerle ahora.
—No te detengas —dijo Cael, mirándola con de gratitud y terror—. Estamos cerca. Siento la brisa del exterior.