Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 48: La Frontera

El aire en el exterior de la catedral era distinto a cualquier cosa que Elara hubiera respirado. No era solo el frío del Norte; era un aire denso, con un regusto metálico y eléctrico que hacía que el vello de sus brazos se erizara bajo la armadura de cuero de dragón. Al cruzar el umbral hacia las afueras de la ciudad, el grupo se detuvo en seco.

—Por los dioses... —susurró Joran, bajando su arco por primera vez en días.

La ciudad de Aethel, la joya del Norte, había dejado de existir como tal. Lo que tenían ante ellos era una pesadilla geométrica. No se había limitado a cubrir las casas de cristal; las había rehecho. Las tabernas de madera y los mercados de piedra se habían estirado hacia el cielo como dedos de cuarzo translúcido, entrelazándose unos con otros en arcos imposibles que desafiaban la gravedad.

—No hay ruido —notó Leo. Su voz sonaba pequeña en la inmensidad del silencio—. No hay pájaros... Solo... el latido.

Y tenía razón. Si prestabas atención, la ciudad emitía un pulso rítmico, un "hum" de baja frecuencia que vibraba en los huesos de Elara. Era como si la tierra misma se hubiera convertido en un inmenso instrumento de cristal.

—Mirad hacia el valle —dijo Cael, señalando con su mano sana.

A lo lejos, rodeando el perímetro de la ciudad transformada, se extendía una línea de fuego y acero. Samuel había establecido la "Frontera de Hierro". Cientos de tiendas blancas del Templo brillaban bajo la luz de la luna, pero lo más aterrador eran los Purificadores. Eran máquinas colosales, híbridos de ingeniería del Valle y espejos parabólicos. Sus lentes gigantes giraban lentamente, buscando cualquier anomalía.

De repente, un haz de luz concentrada surgió de uno de los Purificadores. El rayo impactó en una torre de cristal a las afueras. El sonido no fue una explosión, sino un chirrido cristalino, seguido del estruendo de miles de fragmentos cayendo. El cristal no se derretía; se evaporaba en una bruma violeta que el viento arrastraba hacia el campamento de Samuel.

—Están cosechando la bruma —dijo Elara, dándose cuenta del horror—. No están sitiando la ciudad para salvarnos. Están esperando a que madure para extraerlo todo. Somos ganado en un campo de cultivo de cristal.

—Tenemos que movernos por las "Zonas Muertas" —sugirió Joran—. Las sombras que proyectan los edificios más altos. Si nos quedamos en campo abierto, esos espejos nos convertirán en vapor en segundos.

Empezaron a caminar por lo que solía ser la calle principal. Elara vio una mano humana sobresaliendo de una pared de cristal azul. No había sangre, no había dolor en los dedos; la mano estaba perfectamente preservada, fundida con la estructura del edificio, convertida en parte de la arquitectura.

—¿Están... vivos? —preguntó Leo, acercándose a la mano.

—No lo toques, Leo —advirtió Elara, pero su propia marca negra empezó a arder.

Al pasar junto a la mano atrapada, Elara sintió un eco de pensamiento. Frío. Eternidad. Quietud. No era una muerte convencional; era una suspensión. Habían pausado la vida del Norte para reescribirla.

De pronto, una patrulla de la Guardia de Ébano, ahora equipada con máscaras de gas y linternas químicas, apareció al final de la calle. No buscaban a pie; flotaban sobre pequeños deslizadores de vapor, moviéndose con una velocidad que el grupo no podía igualar en ese terreno resbaladizo.

—¡A cubierto! —ordenó Cael, empujando a Leo hacia el interior de lo que parecía una antigua armería, ahora convertida en una gruta de prismas.

Elara se pegó a una columna de cristal. Al hacerlo, su mano con la marca negra tocó la superficie. En lugar de reflejar la luz de las linternas de los soldados, el cristal a su alrededor se volvió opaco, absorbiendo la luz y creando una burbuja de sombra absoluta que los envolvió a todos.

Los soldados pasaron a escasos metros. Sus escáneres pitaron frenéticamente, pero la oscuridad de Elara era tan densa que los sensores no podían leer qué había dentro.

—¿Cómo has hecho eso? —preguntó Joran cuando los soldados se alejaron.

Elara miró sus dedos. La marca negra se había extendido hasta su muñeca. Ya no era solo una mancha; eran escamas diminutas que parecían orgánicas.

—No lo sé —dijo ella, con un tono de voz que la asustó a sí misma—. Pero la ciudad me ha respondido. O quizás... yo soy parte de ella ahora.




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