El grupo se refugió en lo que alguna vez fue la Gran Plaza de Aethel. El espacio, antes lleno de mercaderes y risas, era ahora un bosque de esculturas humanas. Cientos de ciudadanos habían sido sorprendidos por la onda expansiva mientras realizaban sus tareas cotidianas: una madre protegiendo a su hijo, un panadero con los brazos extendidos, un anciano sentado en un banco. Todos estaban envueltos en una capa de cristal azul pálido, como insectos en ámbar.
Elara se apoyó en una de estas figuras para recuperar el aliento. En el momento en que su piel tocó la superficie fría, un grito silencioso desgarró su mente.
—Sácanos... hace tanto frío... quema... rompe el hielo...
Elara retiró la mano de un salto, golpeándose contra una columna.
—¿Lo habéis oído? —preguntó, con los ojos desorbitados.
—No oigo nada más que el zumbido de los Purificadores, Elara —dijo Joran, manteniendo la vista en el cielo, donde los haces de luz de Samuel barrían las azoteas.
—Están vivos —susurró ella. Se acercó a la figura de una joven atrapada en una columna de cristal. Al mirarla de cerca, vio que los ojos de la chica se movían con una lentitud agónica tras la barrera translúcida—. Me están pidiendo que los libere.
La marca negra en el brazo de Elara empezó a pulsar con un hambre nueva. La sombra en sus venas parecía reconocer el cristal como una cáscara que debía ser rota. Elara sintió que, si simplemente cerraba el puño y deseaba que el cristal se quebrara, su poder lo haría añicos.
—Puedo hacerlo —dijo Elara, extendiendo la mano hacia la joven—. Puedo romper su prisión. Siento cómo mi marca tira de su energía.
—¡Espera! —intervino Cael, agarrándola de la muñeca. Su fuerza era débil, pero su mirada era de una advertencia absoluta—. Recuerda lo que Valeria te dijo en aquel último sueño antes de entrar en los túneles.
Elara cerró los ojos y la voz de la reina muerta resonó en su memoria: "no es una tumba, es un crisálida. Si rompes el capullo antes de que el proceso termine, la vida en su interior se marchitará como una flor al fuego. El cristal es lo único que mantiene su alma unida a su cuerpo en este nuevo mundo."
—Si los saco ahora, morirán —murmuró Elara, sintiendo un el sudor frío—. Pero están sufriendo, Cael. Sienten cada segundo de esta eternidad.
—Libérame... por favor... —la voz en su cabeza se volvió un coro de miles de susurros. Los ciudadanos atrapados en la plaza parecían vibrar al unísono, detectando la presencia de la Custodia.
Leo se acercó y puso su mano sobre la de Elara. Su resonancia violeta, a diferencia de la sombra de ella, parecía "adormecer" el dolor de los cristales. El coro de voces bajó de volumen, convirtiéndose en un murmullo soñoliento.
—No están listos, Elara —dijo Leo con una madurez que asustaba—. El cristal aún está manteniendo "su alma". Si los rompes, borrarás lo que son.
En ese momento, una de las torres de Samuel disparó un rayo de calor sobre el extremo opuesto de la plaza. El cristal golpeado no se rompió; simplemente se desvaneció, y con él, las tres figuras humanas que contenía. No quedó rastro de ellas, ni siquiera ceniza.
—Samuel no los está liberando —dijo Elara, apretando los dientes—. Los está borrando del mapa para que el Norte no tenga nada que reclamar.
La marca negra en su brazo subió un centímetro más, devorando su piel clara. Elara comprendió que su papel ya no era solo salvar a Leo o a Cael. Tenía que proteger a toda una ciudad que gritaba en silencio mientras el enemigo los "limpiaba" sistemáticamente.
—Tenemos que llegar al refugio central —ordenó Elara, su voz ahora cargada de una autoridad sombría—. Pero no iremos por las sombras. Iremos por el centro, donde el cristal es más grueso. Si Samuel quiere quemar esta ciudad, tendrá que pasar por encima de la Custodia de las Sombras.