El cielo sobre Aethel se tiñó de un verde enfermizo cuando los proyectiles químicos de Samuel impactaron contra las cúpulas de cristal superiores. Una niebla corrosiva empezó a descender por las calles, disolviendo las estructuras y convirtiendo el aire en veneno.
—¡A la torre! —dijo Joran, cubriéndose la boca con un trapo húmedo—. ¡Es el único lugar con filtros de aire!
El grupo corrió hacia la base de la gran torre central, una aguja de cuarzo que latía con una luz rítmica. Pero el camino fue bloqueado por una división de Purificadores pesados. Sus espejos ya no buscaban anomalías; estaban fijos en Elara, concentrando haces de luz térmica que hacían hervir el suelo bajo sus pies.
—¡Leo, ahora! —gritó Elara.
Leo intentó canalizar la energía de la torre, pero la niebla química estaba interfiriendo con su frecuencia. El niño cayó de rodillas, tosiendo, mientras su brillo violeta parpadeaba erráticamente.
Fue entonces cuando algo se rompió dentro de Elara.
No fue un pensamiento, sino un instinto de supervivencia que surgió desde la marca negra de su brazo. El dolor de ver a Leo sufrir actuó como un detonante. La mancha se extendió con una velocidad aterradora, cubriendo no solo su brazo, sino también su hombro y parte del cuello. La piel se transformó en placas de cristal negro, tan afiladas y duras que la armadura de dragón de nieve saltó en pedazos.
—¡Elara, detente! —gritó Cael, retrocediendo al ver la mirada de la Custodia. Sus ojos, antes azules, eran ahora dos abismos de oscuridad absoluta.
Elara no respondió. Se lanzó hacia los Purificadores. Ya no usaba la lanza; sus propios brazos eran sus armas cristalizándolas instantáneamente. Los engranajes se detuvieron, el vapor se congeló en prismas oscuros y los soldados dentro de las máquinas quedaron atrapados en tumbas de cristal negro.
—¡Elara, nos vas a matar a todos! —Joran tuvo que esquivar un rastro de obsidiana que brotó del suelo donde ella pisaba.
Ella estaba fuera de sí. El poder de la sombra del Rey, mezclado con su propia desesperación, estaba rediseñando la ciudad. El cristal azul del se estaba volviendo negro bajo su influencia. Estaba salvando la torre, pero estaba destruyendo la ciudad en el proceso.
Leo, viendo que Elara ya no distinguía entre los proyectiles enemigos y sus propios aliados, se arrastró hacia ella. Sus pequeñas manos violetas se cerraron sobre el brazo de Elara.
—¡Basta, Elara! —el grito de Leo resonó con una frecuencia que hizo vibrar toda la torre—. ¡No eres él! ¡No eres mi padre!
La colisión entre la sombra de Elara y la luz violeta de Leo creó una onda de choque que barrió la niebla tóxica y lanzó a ambos hacia las puertas de la torre. Elara recobró la conciencia por un segundo, mirando con horror sus manos negras. Antes de que las puertas pesadas del refugio se abrieran y los Sin Rostro los arrastraran al interior.
Fuera, los Purificadores de Samuel se retiraron, pero el daño estaba hecho: la base de la torre ahora estaba rodeada por un anillo de cristal negro impenetrable.