El refugio en las entrañas de la Gran Torre de Cristal se había convertido en un hervidero de desesperación contenida. El aire, filtrado por los pulmones de cuarzo de la estructura, tenía un sabor a ozono y a miedo. Joran y los últimos Sin Rostro trabajaban febrilmente, arrastrando cajas de suministros y armas de obsidiana hacia los niveles inferiores, mientras sus botas sobre el suelo de cristal resonaba como una cuenta atrás.
En el centro del Atrio de los Lamentos, Leo yacía en un estado que no era ni sueño ni vigilia. Su cuerpo pequeño estaba suspendido a unos centímetros del altar de cuarzo, rodeado por un aura violeta que palpitaba al ritmo de la torre misma. Cada vez que el niño exhalaba, pequeñas fracturas de luz corrían por las paredes del refugio.
—No está resistiendo, Elara —dijo Cael, acercándose a ella. El príncipe se sujetaba el costado, donde la marca de cristal oscuro que ella le había dejado brillaba con una luz tenue—. La torre se está alimentando de él para mantener los escudos exteriores. Si Samuel sigue presionando, Leo se consumirá antes de que el sol se ponga.
Elara no respondió de inmediato. Estaba sentada en un rincón sombrío, envolviendo su brazo derecho en jirones de tela bendecida, intentando ocultar la garra de obsidiana que ahora era parte de ella. La marca negra le subía por el cuello, enviando susurros de frío glacial a su cerebro.
—Samuel no quiere que Leo resista —murmuró Elara, su voz ahora más profunda. — Quiere que la torre colapse para que se cristalice de golpe. Solo así podrá cosecharlo.
De pronto, un sonido sordo hizo vibrar los cimientos. No era una explosión. Era el sonido de miles de botas marchando en perfecta sincronía y el rugido de las calderas de las maquinas de vapor.
—¡Están en el puente! —gritó un vigía desde la galería superior.
Elara se levantó y caminó hacia uno de los ventanales fracturados. Lo que vio la dejó gélida. Samuel no solo había enviado a sus soldados. Al frente de la vanguardia marchaban los Aniquiladores: autómatas de cinco metros de altura, recubiertos de espejos pulidos que reflejaban la luz de las antorchas químicas con una intensidad cegadora.
—Están usando la luz concentrada para derretir el acceso —observó Joran, uniendo sus manos en un gesto de oración guerrera—. Si entran, no habrá rincón en esta torre que no se convierta en una carnicería.
Elara sintió que la sombra en su brazo reclamaba control. La incertidumbre sobre si podría proteger a Leo sin convertirse ella misma en el monstruo que lo destruiría y la devoraba por dentro.
—Cael —dijo Elara sin apartar la vista del ejército que avanzaba—, lleva a los heridos a la cámara del núcleo. Si el escudo cae, esa cámara es lo único que tiene un sello independiente.
—¿Y tú? —preguntó el príncipe, desenvainando su espada de acero empañado.
—Yo voy a darles el tiempo que Leo no tiene —respondió ella.
En ese momento, el cielo sobre la torre se abrió en un remolino de nubes plateadas. El primer haz del Rayo de la Providencia descendió no como un ataque total, sino como un pulso de aviso, golpeando la aguja de la torre. El estruendo fue tan fuerte que varios Sin Rostro cayeron de rodillas, sangrando por los oídos.
Leo, soltó un alarido mudo y su cuerpo se arqueó violentamente. Las paredes de cristal empezaron a sudar una bruma violeta. El asedio final había comenzado, y la incertidumbre de quién quedaría en pie para ver el "El despertar del cristal" colgaba de un hilo de sombra y luz.