Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 52: La Danza de los Polos

El silencio que siguió al primer impacto del Rayo de la Providencia fue roto por un zumbido mecánico que no provenía de la torre, sino del exterior. De pronto, cientos de boyas de vapor —pequeños dispositivos esféricos del Templo— ascendieron desde el campamento de Samuel, rodeando la torre como una nube de insectos metálicos.

De sus rejillas no salió fuego, sino una voz. La voz de Samuel, amplificada por la acústica de la ciudad cristalizada, resonando en cada rincón, cada sótano y cada mente de los supervivientes.

Ciudadanos del Norte... hijos del cristal y las sombras —la voz de Samuel era calmada, casi paternal, pero cargada de un veneno absoluto—. Mirad a vuestra "salvadora" en lo alto de la aguja. Mirad la mano que sostiene el rayo.

Elara, aferrada al diamante de la cima mientras su brazo humeaba, intentó cerrar los oídos, pero la voz parecía vibrar dentro de sus propios huesos.

Ella os ha dicho que es una Custodia. Os ha dicho que os protege —continuó la voz—. Pero preguntadle... preguntadle qué hizo en el núcleo de la Fortaleza de Hierro. Preguntadle por qué la sangre real de Cael corre por sus dedos. Elara no es vuestro escudo; ella es el origen de la infección. Ella despertó para ocultar sus pecados, condenándolos a una eternidad de frío para salvar su propia piel.

Abajo, en el refugio, los Sin Rostro y los ciudadanos que aún podían moverse miraron hacia la cima. Vieron la silueta de Elara envuelta en esa sombra negra y antinatural. Los susurros empezaron a correr como la pólvora.

—¿Es verdad? —murmuró una mujer, abrazando a su hijo—. ¿Ella causó esto?

—¡Es una mentira del Valle! —gritó Joran, intentando mantener el orden—. ¡Mirad el rayo! ¡Ella lo está deteniendo!

¿Lo está deteniendo? —la voz de Samuel rió —. No, lo está absorbiendo. Mirad cómo crece su marca. Ella se está alimentando de la luz del Templo para completar vuestra transformación. Si ella muere, el cristal se detendrá. Si ella vive, todos vosotros dejaréis de ser humanos antes del amanecer.

En la cima, Elara sintió el peso de las miradas de odio y duda que subían desde abajo. La incertidumbre la golpeó con más fuerza que el rayo solar. ¿Y si Samuel tenía razón? ¿Y si su propia marca de sombra era la que estaba anclando el cristal a la realidad?

—¡No les escuches, Elara! —el grito de Cael llegó a través de una brecha en el suelo de la plataforma. El príncipe había subido parte del camino, con el rostro pálido—. Samuel solo quiere que sueltes el diamente. ¡Si lo haces, el Rayo de la Providencia desintegrará la torre en un segundo!

¡Soltadla! —ordenó la voz de Samuel a los ciudadanos—. ¡Entregad a la bruja y a la semilla de cristal, y el Templo traerá la purga sanadora! ¡Elegid: la vida bajo nuestra luz o la eternidad en la sombra de Elara!

Varios supervivientes, impulsados por el miedo y el gas químico que empezaba a filtrarse, empezaron a empujar las barricadas internas de los Sin Rostro, tratando de llegar a las escaleras que subían a la torre. El enemigo ya no estaba solo fuera; estaba dentro, nacido de la duda.

Elara miró su mano de obsidiana. Las escamas negras ahora le cubrían el cuello y empezaban a bordear su ojo derecho. Sentía el poder, pero también sentía la soledad absoluta de quien es sacrificado por aquellos a quienes intenta salvar.

—No me recordarán como una heroína —susurró Elara, mientras el segundo pulso del rayo solar, más fuerte que el anterior, golpeaba su escudo de sombras—. Me recordarán como el monstruo que congeló el mundo.

Cerró los ojos y, en lugar de retraerse, hundió su garra de cristal negro aún más profundo en el núcleo de la diamente. Si iba a ser la villana para salvarlos, aceptaría el papel hasta las últimas consecuencias.




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