Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 53: La Guerra Interna

El estruendo de los ciudadanos golpeando las puertas de la torre era más aterrador que el Rayo de la Providencia. Las palabras de Samuel habían calado hondo: el miedo a una eternidad congelada había convertido a los aliados en una turba frenética.

—¡Entregadla! ¡Ella es la que nos está matando! —gritaban desde abajo, mientras los Sin Rostro dudaban, bajando sus ballestas ante sus propios vecinos.

En la plataforma, Elara sentía que su mente se fragmentaba. Cada golpe en la puerta era una puñalada en su voluntad. La marca de obsidiana, alimentada por la amargura de la traición, vibraba con un deseo oscuro: Bájate de la aguja y conviértelos en polvo. Muéstrales el monstruo que tanto temen.

Justo cuando la primera puerta de seguridad cedió y la multitud enfurecida empezó a subir las escaleras de caracol, un destello violeta cegador inundó el atrio.

Leo se puso en pie. Sus ojos ya no eran humanos; eran dos focos de luz amatista que proyectaban rayos hacia el techo. El niño no miró a la multitud con odio, sino con una tristeza infinita. Levantó sus pequeñas manos y el aire mismo se solidificó.

—¡Basta! —su voz no salió de su garganta, sino que resonó directamente en los cristales de la torre.

En un instante, una barrera de cristal translúcido, delgada pero indestructible, brotó del suelo, sellando el paso a los ciudadanos. No era el cristal negro de Elara, ni el cristal corrupto de Samuel. Era un cristal puro, casi líquido, que vibraba en una frecuencia de calma absoluta. Los ciudadanos que chocaron contra él no fueron heridos; simplemente quedaron inmovilizados, bañados en una luz que silenciaba su furia.

Pero el esfuerzo fue sobrehumano.

Elara vio desde la cima cómo la luz violeta de Leo se apagaba de golpe. El niño se desplomó en los brazos de Cael, su piel volviéndose grisácea y sus venas, antes brillantes, tornándose de un tono ceniza.

—¡LEO! —gritó Elara, intentando soltar la aguja, pero su mano estaba fundida al diamante.

Cael puso su mano en el pecho del niño y su rostro se desencajó. —¡Su corazón! —exclamó Cael, mirando hacia la aguja con desesperación—. ¡Elara, su corazón se ha detenido! ¡El escudo ha drenado su vida para crear la barrera!

El silencio que siguió fue sepulcral. En la base de la torre, los ciudadanos, ahora calmados por la magia de Leo, comprendieron el horror de lo que habían causado. Samuel, sintiendo la debilidad en la frecuencia de la torre, ordenó por los altavoces:

La semilla se ha marchitado. ¡Fuego a discreción! ¡Derribad la aguja ahora que su guardián ha caído!

Los Aniquiladores de Samuel dispararon al unísono. Tres haces de luz térmica impactaron en la base de la aguja, justo donde Elara estaba anclada. La estructura empezó a inclinarse peligrosamente hacia el abismo de la ciudad cristalizada.

Elara sintió un vacío gélido en el pecho. Si Leo moría, ya no quedaba luz que proteger. La incertidumbre de su propia supervivencia desapareció, sustituida por una rabia fría.

—No... —susurró Elara, y sus ojos se volvieron tan negros como su brazo—. No morirás hoy, pequeño rey.

Cerró su puño de obsidiana con tal fuerza que el pararrayos de diamante se hizo añicos. En lugar de caer, Elara canalizó la energía del rayo solar que aún descendía y la inyectó directamente en la estructura de la torre, no para protegerla, sino para reanimarla.




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