Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 54: El Latido de la Montaña

El tiempo se detuvo para Leo. El estruendo de los cañones de Samuel y los gritos de Elara se convirtieron en un murmullo lejano, como el eco de una caracola. Se encontró caminando por una pradera de nieve que no quemaba, bajo un cielo de un azul tan puro que dolía.

Allí, bajo la sombra de un árbol de cristal blanco, estaba Valeria. No era la guerrera cansada que Elara había intentado salvar; era la reina en todo su esplendor, rodeada de un aura de serenidad.

—Mi pequeño Leo —dijo ella, extendiendo sus manos.

Leo corrió hacia ella, sintiendo el calor de su abrazo. Por un instante, quiso quedarse allí para siempre, donde no había marcas negras ni rayos solares.

—Mamá, tengo miedo —susurró Leo—. Elara está cambiando... y yo me siento vacío.

Valeria lo apartó suavemente para mirarlo a los ojos. Su expresión era solemne. —Estás en el umbral, Leo. Tu corazón se ha detenido porque ya no puede sostener el peso de este mundo como un humano. Tienes una elección que hacer, y nadie, ni siquiera la Custodia, puede tomarla por ti.

Leo miró hacia atrás. Vio una puerta de luz cálida. —Puedes cruzar esa puerta —continuó Valeria—. Volverás a la vida, pero el cristal se dormirá en tus venas. Serás un niño normal. Vivirás una vida larga, lejos de las guerras y las sombras, pero el Norte caerá bajo el fuego de Samuel porque no habrá nadie para sostener el equilibrio.

Luego, Valeria señaló hacia un abismo de luz violeta que palpitaba a sus pies. —O puedes aceptar el Despertar del Cristal. Si lo haces, dejarás de ser mi hijo de carne para convertirte en el primer ser del nuevo mundo. Serás el más poderoso de este valle, el núcleo viviente. Salvarás a Elara y a Cael, pero tu humanidad será un recuerdo.

Leo miró hacia el abismo. Sintió el dolor de Elara en la cima de la torre, sintió la marca negra de ella quemando su alma por salvarlo.

—Si vuelvo como un niño... ¿ella morirá? —preguntó Leo.

Valeria asintió con tristeza. —Su sombra es demasiado pesada para que la cargue sola. Sin tu luz para equilibrarla, el cristal negro la consumirá esta misma noche.

Leo se separó de su madre. Sus ojos se llenaron de una determinación que ninguna madre querría ver en su hijo tan joven. —No dejaré que se quede sola.

Leo saltó al abismo violeta.

En la realidad, el cuerpo de Leo en los brazos de Cael sufrió una transformación aterradora. Su piel se volvió translúcida, dejando ver un sistema circulatorio que ahora brillaba con un flujo constante de energía amatista. Sus uñas y su cabello se tornaron en filamentos de cristal puro.

De repente, sus ojos se abrieron. Ya no eran ojos. Eran dos joyas perfectas que emitieron un pulso de resonancia tan potente que la barrera que separaba a los ciudadanos de la aguja estalló en mil fragmentos de luz que curaban a todo el que tocaban.

—¡Leo! —exclamó Cael, soltándolo por instinto ante el poder que emanaba del niño.

Leo no respondió. Se elevó en el aire, flotando hacia la cima de la torre como si la gravedad hubiera dejado de existir para él.

En la plataforma superior, Elara estaba a punto de ser consumida por el Rayo de la Providencia, que ahora descendía con toda su furia. Sus piernas empezaban a agrietarse. Justo cuando ella iba a cerrar los ojos y aceptar el fin, una mano pequeña, fría como el hielo pero cargada de una energía infinita, se posó sobre su hombro.

—Ya puedes soltarlo, Elara —dijo la voz de Leo, pero sonaba como si mil campanas de cristal sonaran al mismo tiempo—. Yo soy el dueño de esta luz ahora.




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