Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 55: El Juicio del Despertar

El aire en la cima de la torre ya no era oxígeno, sino una sopa de partículas de luz y estática. Leo flotaba frente a Elara, suspendido por una fuerza que ignoraba las leyes de la física. Su cuerpo, ahora un receptáculo de energía amatista pura, proyectaba una calma que resultaba casi más aterradora que la furia de Samuel.

—Elara —dijo Leo, y su voz hizo que el diamante del pararrayos vibrara en armonía—. No tienes que cargar con la sombra tú sola. El cristal necesita la oscuridad para reflejar la luz.

Elara, con su brazo de obsidiana agrietado y su rostro marcado por la marca negra, extendió su mano temblorosa. —Leo... ¿todavía estás ahí dentro?

El niño no respondió con palabras. Simplemente tomó la mano de obsidiana de Elara con su mano de cristal violeta.

En el instante en que sus dedos se entrelazaron, el universo pareció contener el aliento. La energía solar del Rayo de la Providencia, que seguía golpeando la torre, no fue desviada ni absorbida. Fue reprogramada.

La sombra negra de Elara y la luz amatista de Leo se fundieron en un nuevo tipo de energía: una Resonancia de Eclipse. Un pulso de color añil profundo se expandió desde la cima de la torre en una onda de choque silenciosa que atravesó edificios, montañas y carne.

Abajo, en el Soberano de Vapor, Samuel vio cómo sus indicadores de presión caían a cero. —¿Qué... qué está pasando? ¡Reconectad las calderas! ¡Encended los generadores!

Pero no había nada que encender. El pulso de Elara y Leo no había destruido las máquinas; había "dormido" el metal. Los engranajes dejaron de girar, los espejos perdieron su brillo y los máquinas de vapor se convirtieron en silenciosos monumentos de hierro frío.

Pero el pulso no se detuvo en Aethel.

La señal, amplificada por la red de satélites de espejos que el Templo usaba para el Rayo, viajó a la velocidad de la luz hacia el corazón del Valle. A kilómetros de allí, las luces de las fábricas se apagaron. Los trenes de levitación se detuvieron en seco. Las comunicaciones del Templo se cortaron, dejando a los Sumos Sacerdotes en una oscuridad que no habían conocido en siglos.

—Es un apagón global... —susurró Cael desde el atrio, viendo cómo hasta la pequeña linterna química de su cinturón se extinguía.

En la cima, Elara sintió la magnitud de lo que habían hecho. Habían lanzado una declaración de guerra al mundo entero. Habían demostrado que el Norte ya no era una provincia que conquistar, sino una fuerza que podía silenciar la civilización misma.

Leo soltó la mano de Elara. El Rayo de la Providencia desapareció, dejando un cielo estrellado y despejado, como si la atmósfera hubiera sido lavada.

—Samuel se retirará ahora —dijo Leo, mirando hacia el valle donde el ejército enemigo quedaba atrapado en sus propias máquinas inertes—. Pero no por miedo a la muerte, sino por miedo al silencio.

Elara cayó sentada, agotada. Su brazo de obsidiana ya no le dolía, pero la marca se sentía más pesada que nunca. Habían ganado la batalla por la torre, pero la incertidumbre ahora envolvía al planeta entero. El Templo no perdonaría esta humillación, y seguía creciendo, alimentado por el pulso que acababan de emitir.

—¿Qué hemos hecho, Leo? —preguntó Elara, mirando sus manos.

—Hemos despertado —respondió el niño, mirando hacia el horizonte donde el sol empezaba a asomar, revelando un mundo que ya no era de piedra y vapor, sino de cristal y sombras.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.