El amanecer sobre Aethel no trajo el calor del sol, sino un resplandor gélido que rebotaba en las aristas de una ciudad ahora completamente muda. Sin el zumbido de los motores de vapor ni el siseo de las válvulas, el silencio era tan pesado que hería los oídos. En el valle, las máquinas de guerra de Samuel yacían como esqueletos de hierro abandonados, monumentos a una era que el pulso de Leo y Elara había terminado de golpe.
Joran entró en la cámara del núcleo, donde Elara intentaba limpiar las cenizas de su armadura de cuero. El rastreador tenía el rostro sombrío, y su arco, una reliquia de madera y nervio de buey, colgaba de su hombro.
—No celebres todavía, Custodia —dijo Joran, arrojando un mapa de cuero sobre la mesa de cristal—. El apagón ha detenido sus máquinas, pero no su odio. Mis exploradores han visto señales de humo en las fronteras del sur.
—¿Samuel? —preguntó Elara, ajustando el vendaje de su brazo de obsidiana.
—Peor. El Templo ha activado a los Purificadores de Sangre —respondió Joran con un hilo de voz—. Son fanáticos que desprecian la tecnología. No usan vapor, usan acero templado y tácticas de asedio antiguas. No necesitan electricidad para degollar a una ciudad entera. Están entrenados para luchar en el silencio, y vienen a pie. Serán miles.
Cael, que estaba sentado cerca de Leo, se puso en pie con dificultad. Su marca de cristal en el pecho palpitaba con una luz tenue. —Si vienen a pie, la torre será nuestra tumba. Una vez que rodeen la base, no habrá pulso de energía que los detenga. No somos más que un objetivo brillante en medio del desierto.
—¿A dónde iremos? —preguntó Elara, mirando a Leo. El niño estaba de pie junto a un ventanal, observando cómo la bruma violeta se arrastraba por las calles. Parecía estar escuchando algo que nadie más oía.
—Tenemos que buscar la Vena Primordial —dijo Leo sin girarse. Su voz tenía una resonancia cristalina que hacía vibrar el aire—. El pulso que enviamos ha despertado algo en las Tierras Altas, más allá de los Glaciares Prohibidos. Es el origen del cristal. Si llegamos allí antes que ellos, podré estabilizarlo. Si ellos llegan primero... usarán el origen para convertir todo el continente en una estatua sin vida.
Joran asintió. —Los Sin Rostro conocen los senderos ocultos de la montaña, pero no podemos llevar a los miles de ciudadanos con nosotros. Sería un suicidio.
—Yo me quedaré —dijo Cael con una firmeza que sorprendió a Elara—. Soy el príncipe de estas cenizas. Si los Purificadores de Sangre llegan, necesitan a alguien con quien negociar o a quien odiar. Organizaré a la milicia urbana. Usaremos lo que queda de la ciudad para esconder a la gente. Pero vosotros tres... —miró a Elara, Leo y Joran—... sois la única esperanza de que este mundo tenga un mañana.
La incertidumbre de la separación golpeó a Elara. Cael, el hombre que empezó como su captor y terminó como su aliado más improbable, se quedaba atrás en una ciudad herida.
—Prométeme que no te convertirás en tu padre si las cosas se ponen feas —dijo Elara, acercándose a Cael.
Cael esbozó una sonrisa amarga, tocando la cicatriz de cristal en su pecho. —Mi padre nunca habría muerto por su pueblo. Yo apenas estoy aprendiendo a vivir por él mio. Iros. Antes de que el primer Purificador ponga un pie en el puente.
Bajo la cobertura de la luz incierta del alba, el pequeño grupo —Elara con su marca de sombra, Leo con su nueva naturaleza de cristal y Joran con su instinto de cazador— abandonaron la seguridad de la torre. Se internaron en el bosque de cristal, dejando atrás el único hogar que conocían para enfrentarse a un Norte que ya no seguía las reglas de los hombres.