La marcha hacia el Norte profundo se sentía como caminar por el interior de un cadáver de cristal. Sin la tecnología del Templo para calentar sus ropas o filtrar el aire, cada respiración de Elara era una pequeña puñalada de hielo en sus pulmones. El paisaje ya no era el bosque que recordaban; los pinos habían sido reemplazados por agujas de cuarzo de veinte metros que vibraban con el viento, emitiendo un lamento metálico que rozaba la locura.
—No te detengas, Elara —dijo Joran, su voz ronca apenas un susurro tras la bufanda de piel de lobo—. Si la sangre se enfría en este lugar, el cristal la reclamará. He visto pájaros caer del cielo y convertirse en joyas antes de tocar el suelo.
Elara asintió, apretando su brazo de obsidiana contra el pecho. La marca negra estaba extrañamente caliente, una brasa de oscuridad que parecía alimentarse del frío circundante. A su lado, Leo caminaba con una ligereza antinatural. Sus pies apenas dejaban huellas en la nieve cristalizada, y su piel de amatista emitía un brillo tenue que era lo único que les impedía perderse en la penumbra eterna de la tundra.
—La montaña nos está mirando —dijo Leo de repente. Sus ojos no parpadeaban—. Siento sus raíces bajo mis pies. Están... hambrientas.
Decidieron refugiarse bajo el arco de una costilla de piedra que sobresalía del hielo. Mientras Joran intentaba encender un fuego con trozos de madera petrificada, Leo entró en un trance súbito. Sus pupilas se dilataron hasta cubrir todo el iris de un violeta eléctrico.
—¡Leo! —Elara intentó tocarlo, pero una descarga de energía estática la lanzó hacia atrás, quemándole las puntas de los dedos.
De repente, el aire alrededor del niño se congeló en una serie de espejos flotantes. En ellos, no vieron el presente, sino una visión fragmentada del Valle de los Espejos. Vieron la Vena Primordial, una columna de luz líquida que atravesaba el centro de la tierra, pero no estaba sola. Decenas de figuras encapuchadas, vestidas con harapos rojos y armaduras de hueso, rodeaban el origen. Eran los Purificadores de Sangre.
—Han llegado antes... —susurró Joran, mirando las imágenes con horror—. Han usado los túneles de los antiguos reyes.
En el centro de la visión, una figura más alta que las demás se giró. Llevaba una máscara hecha con el cráneo de un dragón de nieve y sostenía un cetro de hierro frío. Al mirar hacia la "cámara" de la visión, el cristal de los espejos de Leo empezó a agrietarse.
—Custodia... —la voz del hombre de la máscara de hueso resonó en la mente de Elara, fría y antigua como el tiempo mismo—. El Templo nos envió a matarte, pero el Cristal nos ha enseñado un propósito mejor. Ven al origen. Trae a la semilla. Queremos ver si vuestra sombra puede sobrevivir a lo que estamos a punto de despertar.
La visión estalló en mil pedazos de luz violeta. Leo cayó al suelo, respirando agitadamente, con sangre plateada goteando de su nariz.
—No están allí para destruir el cristal —dijo Leo, temblando de terror—. Están allí para hibridarse con él. Quieren usar la Vena Primordial para convertir a todo el ejército del Valle en algo que no pueda sentir dolor, ni miedo, ni piedad.
—Si logran fusionar su fanatismo con el poder... —Elara se puso en pie, y su marca negra brilló con una intensidad violenta—... no habrá nada en este mundo que pueda detenerlos. Ni siquiera nosotros.
Elara miró hacia el norte. Las auroras boreales se retorcían como serpientes heridas. La incertidumbre de si estaban yendo hacia su salvación o hacia una trampa mortal era absoluta, pero ya no había vuelta atrás. Detrás de ellos, las luces de las antorchas de la vanguardia enemiga empezaban a manchar de naranja el horizonte negro.
—En marcha —ordenó Elara, desenvainando su lanza —Ésto no terminará con una rendición.