Te besé con los ojos, pero no con el alma

Capítulo 58: El Abismo de la Custodia

El Gran Cañón de Hielo se abría ante ellos como una herida abierta en la carne del mundo. Era una caída de kilómetros hacia un vacío donde las nubes de tormenta se arremolinaban en un pozo de sombras. El único camino era el Puente de los Lamentos, una lengua de hielo ancestral, estrecha y traicionera, que conectaba el mundo de los hombres con las Tierras Altas del Cristal.

—¡Están aquí! —gritó Joran, girándose mientras tensaba su arco hasta el límite.

Tras ellos, la vanguardia de los Purificadores de Sangre emergió de la tormenta de nieve. No eran soldados, eran espectros de guerra: hombres que se habían arrancado la piel para cubrirse con cuero rojo, portando hachas de hierro frío que no necesitaban tecnología para matar. Al frente, el hombre de la máscara de hueso caminaba con una calma aterradora, su cetro golpeando rítmicamente el suelo.

—¡Cruzad! —ordenó Elara, empujando a Leo hacia el puente—. ¡Joran, llévatelo! ¡Ahora!

—¡No te dejaremos, Elara! —gritó Leo, cuyas lágrimas de cristal caían y se congelaban antes de tocar el suelo.

Elara se detuvo en la entrada del puente. Miró a Leo, y por un segundo, la marca negra que cubría la mitad de su rostro pareció retroceder, revelando a la joven asustada que una vez huyó del Templo. Pero fue solo un parpadeo. La sombra de la Custodia regresó con una furia renovada.

—No es una petición, Leo. Es el motivo por el que te encontré —dijo ella con una sonrisa triste y heroica—. Ve y despierta el cristal. Haz que este mundo brille tanto que las sombras no tengan dónde esconderse.

Elara se giró hacia los miles de Purificadores. Clavó su lanza de obsidiana en el hielo y extendió su brazo derecho. La marca negra estalló. No fue un simple poder; fue una entrega total. Su piel comenzó a agrietarse, liberando una oscuridad líquida que se convirtió en alas de humo y espinas de cristal negro.

—¡POR EL TESTAMENTO DE LOS VIVOS! —rugió Elara, lanzándose sola contra el ejército rojo.

El choque fue sísmico. Elara era una tormenta de obsidiana, cortando armaduras y almas. Por cada paso que los Purificadores intentaban dar hacia el puente, ella levantaba una muralla de espinas negras. Pero eran demasiados. Las hachas de hierro frío empezaron a encontrar su carne, y la nieve blanca se tiñó del rojo de la Custodia y el negro de su marca.

—¡ELARA! —el grito de Leo desgarró el aire mientras Joran lo arrastraba hacia el otro lado del abismo.

Elara, de rodillas y herida, miró hacia el puente. Vio que el líder de la máscara de hueso levantaba su cetro para invocar un derrumbe que mataría a sus amigos. Sabía lo que tenía que hacer.

—Si caigo... —susurró Elara, clavando sus dedos de obsidiana en el corazón del puente—, caeremos todos.

Con un último aliento de poder, Elara sobrecargó su marca. El hielo bajo sus pies se volvió negro y estalló en una reacción en cadena. El puente de los Lamentos, la única conexión con el origen, se desintegró en un estruendo que sacudió las montañas.

Leo y Joran saltaron al borde del otro lado justo cuando la estructura desaparecía tras ellos.

Leo se asomó al borde del abismo, gritando el nombre de su protectora. Abajo, en la inmensidad de la nada, vio una última chispa de luz violeta mezclada con sombras negras. Elara caía, rodeada de cientos de sus enemigos, hundiéndose en el mar de nubes del cañón. No había gritos, solo el silencio majestuoso del sacrificio.

El niño cayó de rodillas, golpeando el suelo con sus puños de cristal. El cielo respondió. Una aurora boreal de un color nunca visto cubrió todo el Norte, y el pulso de Leo, ahora lleno de una rabia divina, hizo que la tierra misma gimiera.

—Ella no ha muerto... —susurró Leo, y sus ojos se volvieron diamantes puros—. Lo siento en el cristal. Está cayendo hacia el despertar.

Joran puso una mano en el hombro del niño, mirando hacia el horizonte donde la Vena Primordial latía con fuerza. —Esto no ha terminado, Leo. Ahora... ahora empieza tu momento de explendor.

El viento sopló con furia, borrando las huellas de la batalla. Se cerraba con una corona de espinas y un puente roto, dejando a la Custodia en las profundidades y al heredero frente a su destino.




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