Te compró tú amor

12.

Capitulo 12

POV Luna – Primer día en McDonald’s (Turno AM)

El olor a pan caliente y a aceite me golpeó antes de que entrara por la puerta. Era temprano: siete de la mañana, y la luz del sol apenas se filtraba por los ventanales. La recepción estaba llena de carteles amarillos y rojos, menús gigantes con fotos de hamburguesas y café. Todo parecía brillar con un brillo plástico que intentaba vender felicidad.

—¡Tú debes ser Luna! —me dijo la gerente, una mujer pequeña y enérgica—. Bienvenida. Hoy será intenso, pero te acostumbrarás.

Me entregó un uniforme, un delantal amarillo y una gorra que me hacía sentir ridícula. Me miré en el espejo del vestuario. Mi reflejo tenía hambre, miedo y un orgullo enorme que me gritaba: no estás hecha para esto.

El primer paso fue aprender las estaciones. Mostrador, cocina, drive-thru, café, caja registradora. Todo a la vez. Mis manos temblaban mientras memorizaba los nombres de los botones, los códigos de los productos y las combinaciones de las órdenes.

—Vamos a arrancar con el mostrador —dijo la gerente—. Observa primero, después tú.

Un compañero me mostró cómo tomar las órdenes y cómo prepararlas. Las máquinas pitaban sin descanso, las freidoras burbujeaban, los clientes hablaban rápido, exigentes. Sentí que el aire me faltaba un poco.

—¡Número 17 para llevar! —gritó alguien desde la cocina.

Corrí a preparar la bandeja, metiendo las hamburguesas en las cajas, las papas en los saquitos, el refresco en el vaso. Un cliente me miró de reojo y sonrió; otro murmuró que “más rápido, por favor”.

—Respira, Luna —me dije a mí misma—. Nadie espera perfección el primer día.

Pero cada error, cada duda, se sentía como un fracaso monumental. Mi orgullo luchaba con cada sonrisa forzada que debía dar, cada pedido que debía entregar.

Durante la primera hora, apenas tuve tiempo de beber agua. Las manos me dolían, la espalda me ardía y la cabeza me zumbaba. Cada “gracias” mecánico de un cliente era un recordatorio de que estaba en el suelo, que la vida no estaba hecha de lujos ni títulos académicos, sino de trabajo constante y esfuerzo tangible.

Al medio día, el ritmo bajó un poco. Me senté un minuto en la zona de descanso, tomando un sorbo de agua. Respiré hondo. Mis pensamientos se amontonaban: ¿Cómo voy a pagar todo sola? ¿Mi padre? ¿Y si no me acostumbro?

Pero también había algo reconfortante: cada hamburguesa que entregaba, cada bandeja que completaba, era un pequeño triunfo. Había sobrevivido la primera hora, el primer embate.

—¡Luna! —me llamó la gerente—. Hora del drive-thru. Vamos a ver cómo manejas las órdenes mientras tomas el dinero y sonríes al mismo tiempo.

Asentí, ajusté la gorra y me acerqué al micrófono. El primer pedido llegó antes de que pudiera respirar.
—Buenos días, McDonald’s, ¿qué desea?

Mi voz tembló, pero salió firme. Cada palabra, cada movimiento, me recordaba que sobrevivir también era un tipo de victoria.

Al final del turno, exhausta pero viva, me apoyé en el mostrador, mirando los carteles brillantes, y pensé que no estaba hecha para lujos, pero sí para resistir.

---

POV Noah

El desayuno estaba servido con precisión quirúrgica.

Nada fuera de lugar. Nada cálido. La casa Ha no ofrecía refugio; ofrecía evaluación.

Mi abuela estaba sentada en la cabecera. No comía. Nunca lo hacía cuando iba a destruir algo.

Mi madre, a su derecha, sostenía la taza con ambas manos. Demasiado rígida. Demasiado compuesta. Ya estaba actuando.

Me senté.

Mi abuela dejó la cucharilla sobre el plato. El sonido fue mínimo. Bastó.

—No viniste ayer.

No levantó la vista.

—Ha Tech abrió con una caída innecesaria —continuó—. Y esta mañana me entero de que transferiste acciones a la empresa de Víctor Hale.

Pausa.

—Explícame por qué.

—Fue una negociación —dije—. Hale tenía—

—No puedes conseguir el matrimonio con Luna Morales.

No era una observación. Era una conclusión.

Levantó los ojos.

—Y si no puedes hacerlo, no puedes liderar.

El golpe fue limpio.

—No sabes negociar —añadió—. Confundes impulso con estrategia.

Me sostuvo la mirada.

—Fui ingenua al confiar en ti.

Silencio.

—Eres igual a tu madre.

Mi madre inhaló con fuerza.

—Mamá… —dijo—. ¿Por qué siempre eres tan dura conmigo?

Mi abuela giró la cabeza apenas.

—Porque sigues aquí —respondió—. Cuarenta y cuatro años, viviendo en casa de tu madre.

La taza tembló en las manos de mi madre.

—¿Por qué no estás en tu casa, cuidando a tu marido?

—Porque me pidió el divorcio… —susurró.

Mi abuela arqueó una ceja.

—¿Qué hiciste esta vez?

—Nada —respondió mi madre—. Esta vez no hice nada.

—Nunca haces nada —replicó—. Y ese es el problema.

Mi madre rompió a llorar.

Lágrimas perfectas. Controladas. Hermosas.

—Halmeoni… —dije.

Me miró como se mira una grieta.

—Voy a arreglar tu desastre —dijo —. Ustedes dos me mandarás al cementerio antes de tiempo.

Se levantó.

—No eres imprescindible, Noah Ha —añadió—. Ha Tech existía antes de ti. Y sobrevivirá después, aunque ya no se llame Ha Tech y sea donada a la beneficencia.

Salió.

El silencio que quedó fue vulgar. Humano.

Miré a mi madre.

Se secó las lágrimas con un gesto elegante, casi aburrido.

—¿Estabas fingiendo? —pregunté.

—Tengo que llorar —respondió—. O me echa. No pienso ser pobre a los cuarenta y cuatro.

Se miró en el reflejo del cristal.

—¿Sabes qué es lo peor? —dijo—. Que sigues haciendo todo mal. Y yo que pensaba que tú eras lo único que había hecho bien en mi vida.

Me observó por fin.

—A este ritmo —sonrió suavemente— terminamos en la calle.

No respondí.

Por primera vez, entendí algo esencial:

No era el heredero del imperio Ha.
Era otro error que debía corregirse.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.