Capitulo 13.
POV Luna
El techo blanco del hospital tiene grietas diminutas.
Las cuento para no pensar.
Una.
Dos.
Tres.
El médico habla, pero no levanto la mirada enseguida. Si lo hago demasiado pronto, parecerá que me importa.
—Diabetes tipo uno —dice—. Es autoinmune. No es algo que haya provocado. Probablemente hereditaria.
Mi madre.
El nombre me atraviesa como una aguja, pero no pestañeo.
—¿Insulina de por vida? —pregunto.
—Sí.
—¿Controles diarios?
—Múltiples.
—¿Riesgos inmediatos?
—Hipoglucemias, cetoacidosis si no se trata. Tendrá que aprender a reconocer los síntomas.
Asiento.
Por dentro, algo se rompe con un sonido seco, como vidrio fino.
Por fuera, tomo nota mental. Horarios. Costes. Agujas. Vida útil.
—¿Puedo trabajar? —pregunto.
El médico duda.
—Con control, sí. Pero hoy debería quedarse en observación.
—No lo haré.
No es una rebeldía. Es un dato.
Él suspira, resignado, y da las últimas indicaciones. Me explica cómo pincharme, qué medir, qué evitar. Yo entiendo todo. Demasiado rápido. Como si una parte de mí ya estuviera preparada para esto desde hace años.
Cuando se va, el silencio se instala.
Me incorporo despacio, como si nada hubiera pasado. Bajo los pies al suelo frío. Busco mi chaqueta.
—No deberías irte hoy —dice la madre de Noah—. Escuchaste al doctor.
No la miro aún.
—Por favor —respondo—. No tiene que fingir. Ambas sabemos que, en el fondo, está muy feliz de mi mala fortuna.
Ahora sí la observo.
Su expresión no cambia.
—Pocas cosas me hacen felices en la vida —dice—. Tu situación no es una de ellas.
Hace una pausa mínima.
—Aunque admito que me coloca en una posición ventajosa.
—Por supuesto.
Lo digo sin veneno. La ironía es limpia. Precisa.
Ella sonríe apenas.
—Sé bien cómo funcionan los Ha —continúo—. No hay ética, ni moral, y mucho menos altruismo en nada de lo que hacen.
La miro directo.
—Sé también cuál es el precio que debo pagar para comprar su silencio.
Su sonrisa se borra un segundo.
—Me alegra no tener que decirlo —responde—. Negociar contigo en esta situación me incomoda.
Cierro el botón de la chaqueta. Mis manos no tiemblan.
—El matrimonio se llevará a cabo.
Ella asiente, satisfecha.
—Una decisión inteligente.
—Desesperada —corrijo—. Eso es lo que realmente quiso decir.
Se acerca un poco. Me estudia.
—Pero no se confunda, señora Ha —añado—. Que haya decidido jugar no significa que lo haré para perder.
Por primera vez, su mirada es honesta.
—Lo sé —dice—. ¿Te llevo a casa?
—No.
Tomo mi bolso.
—Solo mantenga esto en silencio. Si alguien llega a saberlo… si esto llega a oídos de mi padre… la boda nunca se llevará a cabo.
Me inclino apenas hacia ella.
—Y verá cómo su dinero y su empresa se desintegran frente a sus ojos y son donados a la beneficencia.
No levanto la voz. No hace falta.
Ella me observa largo rato.
—Soy una tumba —dice al final.
Paso junto a ella sin despedirme.
Por dentro, me estoy desangrando.
Por fuera, sigo caminando.
---
POV Noah – Junta Directiva
La sala de juntas estaba demasiado fría.
Demasiado blanca.
Demasiado silenciosa.
La mesa ovalada brillaba como un quirófano. Doce sillas ocupadas. Doce miradas afiladas. Y al centro, como siempre, mi abuela.
La presidenta.
No había venido a salvarme.
Había venido a verme sangrar.
—Empecemos —dijo—. Punto uno del orden del día: la transferencia de acciones de Ha Tech a Víctor Hale.
Sentí el primer golpe en el estómago.
No porque no lo esperara.
Sino porque sabía que esto era una ejecución pública.
—Noah —intervino uno de los consejeros—, ¿puedes explicarnos por qué cediste un porcentaje estratégico sin votación previa?
Abrí la boca para decir exactamente lo que mi abuela me había ordenado decir.
Pero entonces la vi.
Irina.
Sentada a mi izquierda. Perfecta. Impecable. Piernas cruzadas. Sonrisa profesional.
Y en su mano izquierda…
El anillo.
Mi anillo.
El anillo Ha.
El anillo que mi abuela me entregó como si fuera un arma cargada.
Sentí cómo se me drenaba la sangre del rostro.
No. No. No. No.
Irina levantó la mano para acomodarse el cabello. El diamante capturó la luz. Brilló. Como un maldito reflector apuntándome a la cara.
Mi abuela lo vio.
No de inmediato.
Pero lo vio.
Sus ojos no se movieron.
Solo se oscurecieron.
—¿Noah? —repitió el consejero—. ¿La justificación?
Tragué saliva.
—Fue una decisión estratégica —dije—. Hale ofreció liquidez inmediata y—
Irina me miró, orgullosa.
Como si ese anillo fuera una promesa.
Sonrió.
Yo quería desaparecer bajo la mesa.
—¿Estás diciendo —intervino otro— que regalaste poder a cambio de velocidad?
—No lo regalé —respondí demasiado rápido—. Fue una inversión relacional.
Mi abuela cruzó las manos.
—Qué interesante forma de llamar a una cesión sin garantías —dijo.
El golpe fue quirúrgico.
Irina inclinó la cabeza hacia mí y susurró:
—Luego hablamos de lo nuestro.
De lo nuestro.
Sentí que el mundo se inclinaba.
—Presidente Ha —dijo la jefa legal—, esto deja a la empresa vulnerable.
—Estoy al tanto —respondí—. Asumo la responsabilidad.
Mi abuela sonrió.
No con orgullo.
Con deleite.
—¿Responsabilidad? —repitió—. Fascinante palabra para alguien que juega con el legado familiar como un adolescente.
La frase cayó pesada.
Medida.
Irrefutable.
Sus ojos se desviaron, apenas un segundo, hacia la mano de Irina.
#1548 en Novela romántica
#594 en Chick lit
romance celos, ceo dominante, ceo dominante millonario drama intriga
Editado: 07.01.2026