Te compró tú amor

14.

Capítulo 14

POV Luna

Me levanto antes que mi padre.
No porque sea responsable.
Porque no puedo dormir.

El departamento aún está oscuro. El reloj marca las 5:47 a.m. Me visto despacio, sin hacer ruido. El cuerpo me pesa distinto. No es cansancio: es conciencia. Cada paso me recuerda que ahora hay algo dentro de mí que no negocia.

Salgo a la calle con el aire frío golpeándome la cara. Camino hasta la farmacia de la esquina, la misma que siempre está abierta, la de luces blancas y olor a desinfectante.

La farmacéutica me mira apenas entro. Me observa dos segundos de más.

—Te ves pálida —dice—. ¿Todo bien?

Asiento, automática.

—Sí.

Me acerco al mostrador. Mientras escribe algo en la computadora, vuelve a mirarme.

—Tenemos test de embarazo en oferta —comenta, casi con cuidado—. Por si acaso.

Sonrío. Una sonrisa breve, cansada.

—Ojalá fuera eso —respondo—. Pero no.

Ella asiente, como si entendiera que no quiere preguntar más.

—¿Nombre?

—Luna Morales.

Le entrego mi insurance card, la tarjeta del seguro médico. Aquí no hay recetas eternas ni medicación garantizada: todo pasa por un sistema que decide cuánto vales según tu póliza. Ella la pasa por el lector, teclea, espera.

Frunce apenas el ceño.

—Diabetes… —lee en la pantalla.

—Tipo uno —aclaro—. Por si quedaba alguna duda.
Mi tono es seco. Sarcástico sin ganas.

Hace una mueca empática.

—Auch.

—Sí —respondo—. Auch.

Desaparece un momento y vuelve con una bolsa térmica. La deja frente a mí como si fuera algo frágil. Porque lo es.

—Insulina de acción rápida y basal —dice—. ¿Sabes usarlas?

La miro. No miento.

—No.

Parpadea.

—¿Cómo que no?

—Improvisaré.

Niega con la cabeza de inmediato.

—No. Déjame ayudarte.

—No es necesario —respondo, automática.

Me mira con firmeza. No es condescendencia. Es experiencia.

—Sí lo es —dice—. Tranquila.

Suspira, sale del mostrador y se coloca a mi lado. Me explica despacio: la aguja, el ángulo, la piel. Sus manos son seguras. Prácticas.

—Mi nombre es Amy —dice mientras prepara todo—. ¿Y tú?

—Luna.

—Luna… —repite, sonriendo—. Bonito nombre.

Me aplica la insulina con cuidado. Apenas duele. Me molesta más admitir que la necesitaba.

—Aquí —dice, anotando algo en un papel—. Este es mi número. Si tienes cualquier duda, me escribes o llamas. No estás sola. No es fácil… pero podrás vivir casi como una persona normal.

La frase.

La madre de Noah me dijo exactamente lo mismo.

Casi.

Sonrío, ladeando la cabeza.

—Casi no es normal —digo—. Es una mierda.

Amy suelta una risa breve, honesta.

—Tengo diabetes tipo dos —dice—. Es diferente, claro.
Hace un gesto con la mano.—En la uno, tu cuerpo no produce insulina. El sistema inmunológico destruye las células que la fabrican. Dependencia total. En la dos, el cuerpo todavía produce insulina, pero las células se vuelven resistentes. A veces se controla con dieta, ejercicio, medicación oral… a veces también con insulina.

La miro.

—Genial —respondo—. Amigas con resistencia a la insulina.

—Amigas con resistencia a la insulina —repite, sonriendo.

Le devuelvo la sonrisa. Es pequeña, pero real.

—Gracias —digo—. Tengo que irme a trabajar. Mi día es largo.

—No te saltes las comidas —advierte—. Y suerte.

Asiento. Tomo la bolsa y salgo.

En el camino llamo a mi padre. Contesta al segundo tono.

—¿Luna? ¿Todo bien?

—Sí, pa —miento con suavidad—. Me salió turno doble. Te veo en la tarde.

Hay un silencio breve.

—No tienes que trabajar así —dice—. No nos estamos muriendo de hambre.

—Aún hay cuentas por pagar —respondo—. Todo está bajo control.

Siempre esa frase.

—Te amo, pa.

—Yo más, hija —dice—. Cuídate, por favor.

—Siempre.

Hace una pausa, y su voz cambia, se vuelve más ligera.

—Voy a plantar girasoles hoy —dice—. Ya verás qué bonito va a estar el jardín cuando vuelvas.

Se me humedecen los ojos.

—Ya quiero volver y verlos —respondo.

Cuelgo.

Me quedo quieta un segundo en la acera, con la bolsa apretada contra el pecho.

No vas a llorar.
No es terminal.
Puedes vivir casi normal.

Respiro hondo.

Luego camino hacia el trabajo.

---

POV Noah

Me despierto antes de que amanezca.
No porque quiera.
Porque no puedo dormir.

El techo es el mismo. La habitación también. Pero algo quedó torcido anoche. Algo que no vuelve a su lugar.

La cara de mi abuela aparece sin que la invoque.
No grita. No alza la voz.
Solo me mira… y me saca de la sala.

Frente a todos.

Aprieto el puño contra el colchón.

—Omma tiene razón —murmuro—. Estoy tomando su lugar… y lo estoy haciendo mal.

Demasiado emocional.
Demasiado impulsivo.
Demasiado humano para este juego.

Me levanto. Me ducho con agua fría. No por disciplina, sino por castigo. Me visto con precisión quirúrgica. Camisa impecable. Traje oscuro. Ajusto la corbata una vez. Dos. Tres.

Debe quedar perfecta.
Si algo va a sostenerse, será esto.

Salgo antes que todos. El edificio de Ha Tech aún duerme cuando entro. Luces apagadas. Silencio absoluto. Me gusta así: cuando parece que todo depende de mí.

Voy directo a mi oficina. Enciendo pantallas. Llamo a Finanzas. Luego a Legal. Después a Estrategia.

Víctor Hale.

El nombre me sabe a error.

Regalarle acciones fue una estupidez. Liquidez rápida a cambio de poder estructural. Un movimiento corto. Torpe. Adolescente.

Empiezo a desarmarlo.

Reviso contratos. Cláusulas de recompra. Derechos preferenciales. Encuentro un resquicio: Hale puede tener acciones, pero no control operativo si se redistribuye el peso en subsidiarias clave.

Trabajo sin parar.




Reportar




Uso de Cookies
Con el fin de proporcionar una mejor experiencia de usuario, recopilamos y utilizamos cookies. Si continúa navegando por nuestro sitio web, acepta la recopilación y el uso de cookies.